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	<title>Los juegos del hambre &#187; ConcursoNuevaYork</title>
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	<description>Blog de la novela Los Juegos del Hambre</description>
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		<title>Texto 1</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:24:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>concurso</dc:creator>
				<category><![CDATA[ConcursoNuevaYork]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Cuando el representante lee el nombre que ha salido en el sorteo y pronuncia el mío, sé que voy a morir.
No guardo ni una sola esperanza. Además, no sólo sé que moriré, sino que también sé de antemano que moriré durante los primeros dos o tres minutos a partir de que empiecen los Juegos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando el representante lee el nombre que ha salido en el sorteo y pronuncia el mío, sé que voy a morir.<br />
No guardo ni una sola esperanza. Además, no sólo sé que moriré, sino que también sé de antemano que moriré durante los primeros dos o tres minutos a partir de que empiecen los Juegos de Hambre. Es probable que sea la primera en caer, a lo sumo la segunda. Supongo que quedar en ese segundo lugar ya sería todo un logro y debería sentirme orgullosa por ello.<br />
Así que cuando me conducen hasta el salón y entran mis padres, acompañados por mis hermanos mayores, todos se despiden de mí definitivamente. Aseguran que me quieren y lloran. Yo les limpio las lágrimas e intento sonreír. Todavía me siento demasiado confundida como para aceptar realmente la situación en la que me encuentro, así que aprovecho la desorientación para mantenerme serena y fuerte.<br />
—No pasa nada, no os preocupéis por mí ─les digo─. Algún día todo esto cambiará, el Capitolio caerá y los Juegos del Hambre sólo existirán en el recuerdo.<br />
Uno de mis hermanos, Mike, acoge entre sus manos mi rostro y me besa la frente despacio.<br />
─Adiós, mi querida Lye.<br />
Entonces se me encoge el corazón. Si al menos pudiese ver algo, si al menos no me hubiese quedado ciega tras la explosión de aquel componente químico cuando tenía quince años… quizá, sólo quizá, tendría alguna posibilidad.</p>
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		<title>Texto 2</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:23:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>concurso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Me he levantado con un mal presentimiento. Desde el momento en el que, después de haber saltado de la cama y haber mordisqueado las tortitas que el robot doméstico me había preparado, aún en pijama he comenzado a juguetear con las ventanas que ampliaban y reducían los distintos puntos del Capitolio que se ven desde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me he levantado con un mal presentimiento. Desde el momento en el que, después de haber saltado de la cama y haber mordisqueado las tortitas que el robot doméstico me había preparado, aún en pijama he comenzado a juguetear con las ventanas que ampliaban y reducían los distintos puntos del Capitolio que se ven desde mi habitación, he tenido una sensación desagradable. En apariencia, todo parece estar preparado para un Día de la Cosecha más, tal y como lo recuerdo desde que era pequeña. Evidentemente no estoy preocupada como deben estarlo los chicos de los distritos que pueden ser elegidos para acabar en la arena, pero tengo la desapacible sensación de que algo va a salir mal. Nunca me ha gustado todo lo que representan Los Juegos del Hambre, pero este año me gustan aún menos.</p>
<p>Nunca ha habido tributos de aquí, del Capitolio. Por supuesto que en el centro neurálgico de Panem también viven adolescentes, los hijos de la jerarquía económica y política del país nacen y se educan aquí para ser los próximos dirigentes del estado, pero el Tratado de la Traición no dice nada acerca de castigarnos también a nosotros; ¿qué sentido tendría? Al fin y al cabo son nuestros padres los que gobiernan y los que ponen las normas. Ni siquiera se nos acepta como voluntarios, a pesar de que en los distritos 1 y 2, con los que tenemos bastante relación, es algo bastante frecuente en los hijos de las familias más influyentes. En los distritos pobres, se crece con el temor de ser elegido para Los Juegos del Hambre porque es casi siempre una condena a muerte; y en los distritos ricos, se cuenta con ello como una posible carrera hacia la gloria. Pero en el Capitolio, directamente, no es ni siquiera una posibilidad.</p>
<p>“Cassandra, vístete” Mi madre acaba de irrumpir en mi habitación, y eso es algo bastante raro a estas horas de la mañana del Día de la Cosecha, cuando debería estar trabajando. Mi madre es jefa de producción en la televisión oficial del Capitolio, y hoy casi todo el mundo en el Capitolio está ocupado; Los Juegos del Hambre mueven un complicado engranaje propagandístico en el que todos, incluso los trabajadores de las altas esferas, tienen un puesto, del primero  al último, y, como demostración de poder del Capitolio, merecen la atención completa de todos los medios de comunicación.</p>
<p>En el instituto estudiamos como funciona fuera de aquí el Día de la Cosecha casi como algo anecdótico; de no ser por los video-resúmenes que nos han puesto en las clases de la señorita Larson de Historia de Panem, apenas sabría lo que estaba sucediendo realmente en ese momento en los distintos distritos. Todos sospechamos que el Capitolio realmente no aprobaría algunos de los métodos de la señorita Larson y su tendencia a congraciarse con el sufrimiento de los distritos, pero, misteriosamente, ha conseguido mantener su puesto. Aquí La Cosecha no es un día realmente festivo, no estamos obligados a acudir a fichar a las plazas, no tenemos que aguantar el sermón del Tratado de la Traición ni siquiera a través de las pantallas: Los Juegos del Hambre fueron hechos para castigar a los distritos; y que nosotros no tengamos clase, se debe sobre todo a que los profesores, como casi todos los adultos, están demasiado ocupados con otras labores que realizan directamente para el Capitolio como para darnos clase. Por eso me extraña tanto que mi madre aparezca así de pronto en casa a media mañana.</p>
<p>Tiene el traje de chaqueta arrugado, y el pelo, tan rojizo como el mío, le cae sobre la cara mal recogido, algo verdaderamente impropio en ella. Se sienta sobre la cama, sin hacer ninguna apreciación acerca de que aún esté sin hacer –algo todavía más impropio en ella-, y comienza a hablarme muy despacio, mirando hacia ninguna parte. “Creo que ha llegado el momento de decírtelo. No voy a dar rodeos. Tu nombre está 5 veces en la urna del distrito 3”.-  “¡¿Qué?!” Cuando me lo ha dicho he sentido tal nudo en la garganta que no sé si el monosílabo ahogado que he emitido ha sonado en tono burlón o por el contrario ha reflejado el pánico que me ha atravesado con la remota posibilidad de que sea cierto lo que está diciendo. “Has nacido en el Capitolio, eso ya lo sabes, y en principio eso te deja fuera de los efectos del Tratado de la Traición. No obstante, tu padre procede del Distrito 3, y cuando cumpliste 12 años, intentaron censarte para Los Juegos del Hambre. He estado desde entonces presentando informes y alegaciones que te desvinculen de él; he argumentado mil veces que ni siquiera llegaste a conocerlo, pero finalmente las resoluciones han sido negativas y este año han decidido incluir tu nombre tantas veces como hubiera correspondido si vivieras en el distrito.”</p>
<p>Mi padre. El distrito 3. No le conozco, ni siquiera sé si sigue vivo ni si recuerda que existo, y no he estado nunca en el lugar del que él procede. Sólo sé que es el distrito de las fábricas y que mi madre pasó una larga temporada allí hace 17 años y que se enamoró de un hombre con los ojos verdes como los míos. Ella era muy joven pero ya trabajaba como periodista, y la mandaron a cubrir las rebeliones de obreros; o más bien, a mostrarle al resto de Panem como el Capitolio aplastaba con mano férrea cualquier intento de sublevación y de oposición a sus normas establecidas. No es habitual que alguien del Capitolio se relacione con nadie que no sea del distrito 1, o a lo sumo, de las mejores familias del 2. Mis abuelos pusieron el grito en el cielo cuando supieron que yo estaba de camino y que mi padre era uno de los revolucionarios más conflictivos, pero parecieron tranquilizarse cuando mi madre tomó la decisión de criarme junto a ellos en el Capitolio.</p>
<p>-Sólo son 5 papeletas cariño”. Añade con un hilo de voz. “Habrá miles de chicos que tengan decenas, ellos las cambian por teselas, ¿recuerdas? Las posibilidades son remotas, pero pensé que tenías derecho a saberlo”. No podía creerlo. ¿Derecho a saberlo? Realmente me cuesta creer que a ella le hayan dado la noticia esta misma mañana. De hecho, sé que ha habido disturbios en el distrito 3 últimamente y que el Capitolio ha anunciado que va a tomar medidas “ejemplares” contra los cabecillas de las revueltas. Al Capitolio a veces hasta la muerte le parece poco. Podría ser que… ¿Y si mi padre era de nuevo uno de ellos? ¿Y si el castigo ejemplar era precisamente enviarme a mí a Los Juegos del Hambre?</p>
<p>¿Qué pasaría si era elegida? Desde luego no podía contar con tener ni el más mínimo favor por parte del distrito al que representaría. Seguramente muchos se sentirían aliviados de saber que, al menos uno de sus tributos, era alguien a quien no habían visto crecer, a cuyos padres no se cruzarían cada mañana en la entrada a las fábricas sin saber si sería la última conversación sin dar un pésame. En el fondo seguramente se alegrarían de saber que no existía la posibilidad de que dos amigos –o incluso una pareja de enamorados como había pasado un año en el distrito 12- tuvieran que enfrentarse a la decisión de matarse entre sí; y tendrían que reunir recursos y patrocinadores para un único tributo, pues nadie iba a apostar por ella desde el distrito 3, y más sabiendo que se había criado en el mismísimo Capitolio. No sé qué percepción tienen en los distritos de quienes vivimos en el Capitolio, pero puedo hacerme una ligera idea.</p>
<p>[…]</p>
<p>Sintonizo en la pantalla la retransmisión del sorteo del distrito 3 y me fijo en su alcalde por primera vez en la vida; miro a ese tipo calvo de nariz aguileña y voz estridente y pienso que no le conozco, lo mismo que tampoco sé quién gobierna en los demás distritos. Me doy cuenta de que en el Capitolio no nos solemos preocupar mucho de esas cosas. Yo tampoco lo habría hecho hasta ahora. Es probable que ninguno de mis compañeros de clase esté viendo la elección de los tributos; como mucho aquí se presta atención a los tributos de los distritos 1 y 2.</p>
<p>Estoy sola en casa porque mi madre está trabajando en la televisión; supongo que podría haberse escaqueado para pasar este trago conmigo o haberme llevado con ella, pero a su manera, creo que dejarme sola ha sido una forma de decirme que no pasa nada. Durante unos segundos sopeso la posibilidad de que me haya instado a quedarme en casa porque sean órdenes del Capitolio; de hecho, todos los tributos censados y elegibles de cada distrito tienen que estar localizados en sus correspondientes plazas, como animales encerrados en un redil esperando a que elijan a cuáles conducir al matadero. Y si mi nombre está en una de las urnas, es lógico que el Capitolio quiera tener controlado dónde estoy.</p>
<p>También observo las caras de los chicos y chicas que esperan el resultado del sorteo en el distrito 3: una de ellas debería librarme de tener que matar, y seguramente morir, sobre la arena de los juegos. Siempre eligen primero a la chica pero según la representante del Capitolio hay algún problema con la urna de cristal que contiene sus nombres y empiezan por los chicos. Tiene unos bonitos ojos azules el tal Pernan Romane que han elegido. Estoy pensando en él y en su familia –las cámaras han enfocado a 3 chiquillos pequeños que seguramente son los culpables de las teselas que van a traer a Pernan derecho al Capitolio-, y esos tres pares de ojos llorosos son lo último que recuerdo casi antes de oír al alcalde pronunciar con su desagradable voz “Cassandra Midot” y caer desmayada.</p>
<p>[…]</p>
<p>Nadie ha entendido mi decisión de los últimos días. Ni Xanetia, mi estilista que no ha comprendido mi insistencia en pedir un vestuario parecido a los uniformes impuestos por el Capitolio que llevan los trabajadores empleados en los barcos, las minas, los huertos o las industrias de los distintos distritos, ni su ayudante Volga, ni Bruxo Moroc, el corpulento tributo treintañero del distrito 3, que en su día fuera ganador de Los Juegos, y que debe ocuparse de mí y de Pernan durante nuestra preparación. Él parece ser el menos preocupado de todos. Está claro que desde un primer momento decidió centrar su atención en definir y mejorar la estrategia de Pernan y dejarme de lado. Pernan es fuerte y seguramente hayan estado entrenando habilidades físicas y sea eso lo que hayan presentado a los vigilantes.</p>
<p>En realidad no culpo a Bruxo, no tiene ni idea de quién soy ni tengo muy claro que haya entendido por qué soy tributo del distrito 3, creo que sencillamente, ha admitido con pasmosa normalidad que sólo tiene un tributo del que ocuparse. Yo tampoco se lo he puesto nada fácil, pero ha sido su indiferencia la que ha acabado por perfilar mi estrategia. No he querido entrenarme, ni sola, ni con Pernan, ni con los demás tributos. Si lo hubiese pedido, es posible que incluso hubiera podido acercarme a los tributos profesionales de los distritos 1 y 2, que me habrían aceptado sin demasiados recelos, pero he preferido prepararme sola. Bueno, sola y con la señorita Larson.</p>
<p>Creo que es la primera vez que un tributo pide a su profesor de Historia de Panem para prepararse para los juegos. Realmente, ni siquiera sabía hasta ese momento si en los demás distritos se estudiaba o no Historia de Panem. Por eso la hice llamar. Podía haberme dedicado a mejorar ligeramente mis condiciones físicas, pero poco podía hacer en un período tan corto. Confiaba en que la buena alimentación –que a juzgar por la apariencia casi famélica de varios de los tributos me colocaba con ventaja sobre al menos la mitad de ellos-, el ejercicio físico regular y las nociones básicas de supervivencia que aprendíamos en el instituto me sirvieran sobre la imprevisible arena. Con respecto a eso, no podía hacer más. Sin embargo, sí que podía aprender mucho de Panem y de todos los distritos, sobre todo del 3. Y de mi padre. Había decidido que si había de morir por algo, al menos debía de saber qué es lo que era.</p>
<p>¿Por qué se habían rebelado una y otra vez los trabajadores del distrito 3? ¿Por qué mi padre había arriesgado tanto después de saber cómo acabaron los Tiempos Oscuros? Mi madre apenas me hablaba de la temporada que pasó allí, pero siempre he percibido que era algo muy fuerte lo que la unió a mi padre, que si algo la había enamorado eran sus ganas de cambiar las cosas y su capacidad infinita de entrega y lucha, y sabía que no reprobaría mi estrategia. Si los obreros de las fábricas conseguían ver en mí la llama encendida de sus motines en lugar del castigo impuesto por el Capitolio quizá me apoyaran y me dieran su ayuda y su patrocinio; al fin y al cabo, no era el 1 ni el 2 pero no era un distrito de los más humildes. Y si todo Panem me viera como adalid de la revolución contra el poder, quizá tuviera alguna oportunidad de atraer nuevos apoyos.</p>
<p>Hacer enfadar al Capitolio para ganarme el favor de sus oprimidos no parecía a priori una buena idea, pero era la única que tenía justo antes de saltar a la Arena. No hay nada que una más a la gente que un enemigo común: Y yo quería dejar claro a todo Panem que el Capitolio era el nuestro.</p>
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		<title>Texto 3</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:22:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>concurso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>HIEDRA
-	Me da igual vivir que morir.
La sinceridad asustaba al Capitolio, por eso mis palabras, cargadas de verdad, causaron un efecto devastador. El auditorio enteró estalló en murmullos ante mis declaraciones. El resto de tributos se asomaron tratando de vislumbrar en mí un ápice de inseguridad que les indicase que aquello era una estrategia y Cort, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>HIEDRA<br />
-	Me da igual vivir que morir.<br />
La sinceridad asustaba al Capitolio, por eso mis palabras, cargadas de verdad, causaron un efecto devastador. El auditorio enteró estalló en murmullos ante mis declaraciones. El resto de tributos se asomaron tratando de vislumbrar en mí un ápice de inseguridad que les indicase que aquello era una estrategia y Cort, a mi lado continuó impasible, contemplando a los representantes del gobierno sin si quiera mirarme. Al fin y al cabo ¿Qué más podía esperarse de una sirvienta a parte de un gesto de rebeldía?<br />
De forma automática me froté la muñeca en donde estaba el tatuaje que me habían terminado antes de irme. Mi condición, mi esclavitud, estaba marcada por una enredadera que daba seis vueltas a mi antebrazo, seis, el mismo número de años que llevaba sirviendo en aquella casa y que incluso lejos como estaba, era prisión.<br />
-	Me da igual vivir que morir.<br />
Esta vez lo susurré, convenciéndome de que aquello era lo mejor que podía ocurrirme. Volví a sentir el dolor de la aguja al punzar mi piel,  mientras  de la boca de cada espectador surgía un nombre.<br />
-	¡Hiedra! ¡Hiedra!<br />
“Ebba, Ebba” les corregía mentalmente. Levanté la cabeza y con la mano me aparté un par de mechones rebeldes que me caían sobre la frente justo en el momento en el que las cámaras me enfocaban. Mi mirada lo decía todo, me daba igual el capitolio, me daban igual las puntuaciones y la competición, pero a ningún espectador parecía disgustarle aquello. El único que parecía descontento era mi compañero que se aferraba a su asiento, enfurecido ya que en su entrevista había quedado como el patán que era.<br />
-	Ebba ¿O debería llamarte Hiedra? Les has hecho enloquecer- dijo Caesar Flickerman cumpliendo con su labor de presentador y haciendo que la masa jalease aun más.<br />
“Pues no lo pretendo” pensé. Mi turno acabó y los tributos del distrito 2 tomaron la palabra. Ni si quiera les escuche, ni a ellos ni a los veinte restantes, sencillamente me encerré en mi misma hasta que nos indicaron que ya podíamos regresar a las habitaciones. Abandoné el escenario con paso decidido pero lento, dejando atrás los últimos gritos del auditorio, entre los que pude escuchar claramente mi nuevo nombre.<br />
Alcancé el ascensor que nos llevaba a nuestro piso, segundos antes que Cort, pero no fui lo suficientemente rápida y logró cerrarme el paso.<br />
-	¿De qué iba todo eso?<br />
-	¿De qué iba el que?- me zafé.<br />
-	¿Es lo que te ha dicho Teodora que hagas? ¿Interpretas a la sirvienta desvalida? No voy a permitir que nadie como tú me robe el protagonismo.<br />
Escupió al suelo, apuntando a mis pies que por suerte se desplazaron deprisa. Luego me señaló con el dedo índice, consiguiendo que me sintiese intimidada a pesar de su rostro angelical y comenzó a pronunciar maldiciones una tras otra hasta que se le acabó el repertorio.  Con la voz temblorosa y las piernas de gelatina traté de responderle lo más claramente posible, sin titubear.<br />
-	Creo que no lo has entendido. Yo no estoy jugando, ni compitiendo. Sois veintitrés tributos y lo que he dicho ahí arriba es cierto.<br />
-	Mientes- dijo separándose de mí, como si tuviese alguna enfermedad contagiosa.<br />
-	¿Quieres que te lo repita? Valoro mi vida  tanto como la tuya ¿Ves esto?- hice una pausa y le señalé el tatuaje- ¿Lo ves? Pues es lo que me espera si salgo viva de aquí, así que no tengo nada que perder. Seguiré siendo una esclava tanto con gloria como sin ella, así que deja de verme como una rival. Puedes amenazarme si quieres, pero solo vas a malgastar tiempo y esfuerzo.<br />
Me di la vuelta y me monté en el ascensor sin esperar a que Cort me acompañase. Su cara había adquirido un tono rojizo, sin embargo, en lugar de golpear la pared o gritar como hacía cada vez que las cosas no eran de su gusto, se quedó allí mirándome con una cara que a duras penas pude describir y con sus ojos perdidos en algún punto de mi cabeza. Pulsé el botón 1 antes de que el recuperase la movilidad y le dejé allí. Una vez que las puertas se cerraron y empecé a ascender, la calma regresó.<br />
Cuando llegué a nuestro piso las luces estaban apagadas, no había nadie y  la noche había llegado al Capitolio. Supuse que Teodora estaría repasando las estrategias y buscando patrocinadores junto a Marcus. Del resto del equipo solo sabía que permanecerían trabajando hasta la mañana siguiente.<br />
Haciéndome eco de la soledad, pero sin encender la luz me metí directamente en mi cuarto, cerrando la puerta tras de mí. A penas me había tirado sobre la cama cuando un ruido a mi izquierda hizo que me pusiese en pie de un salto y me acercase a la lámpara de la mesilla de noche. Pulsé el interruptor con desesperación, deseando que el ruido que había escuchado y que se repetía cada vez más cerca cesase o fuese producto de mi imaginación y del cansancio.<br />
-	Vaya, vaya, parece que tienes éxito muchacha. Quién hubiese dicho que alguien de tu calaña pudiese llegar tan lejos ¿Verdad?<br />
Su voz sonaba monótona pero tan fría y dura que dolía escucharla. La reconocí al segundo y cuando la luz iluminó el cuarto, Ahren estaba ante mí y solo nos separaban un par de baldosas. Un pinchazo agudo me azotó el estómago y luego subió hasta la cabeza. Caí al suelo presa del pánico, arrastrándome con manos y pies hasta que mi espalda topó con la pared. Mi dueño me observaba complacido ante el terror que me inspiraba su presencia, pero las amenazas nunca le habían parecido suficientes y con un par de zancadas se acercó hasta donde yo estaba. Me agarró del cuelo y me elevó hasta  su altura.<br />
-	Veo que recibiste mi regalo de despedida- dijo al ver mis muñecas desnudas.- Bonito ¿Verdad? Y si logras volver empezaremos con la séptima vuelta.<br />
No pude responderle. La presión que sus dedos ejercían sobre mi garganta no permitía que el aire me entrase en los pulmones. Con mis manos, arañé y golpee las suyas, pero solo conseguí que apretase más fuerte.<br />
-	Vengo a asegurarme de que nuestro pequeño secreto no haya salido a la luz. Ahora que eres más popular gozas de credibilidad entre los líderes del Capitolio y no puedo consentirlo.<br />
-	No…no he dicho…nada- balbuceé mientras sus dedos me ahogaban más y más.<br />
-	Aún no y espero que sigas así pero ¿Y después? Nadie puede enterarse de nuestra pequeña rebelión.<br />
-	Seguiré callada- juré<br />
-	Claro que sí, porque estarás en el punto de mira. Los adolescentes sois tan sugestionables… fama y fortuna y hacéis lo que se os pida- se acercó hasta mi mejilla y la lamió.- Me gustaba verte en casa pero ¿Quién más echaría de menos a una sirvienta?<br />
-	No puedes matarme ahora.<br />
-	No voy a mancharme las manos con tu sangre teniendo a veinte tributos que lo hacen por mí y con más eficacia si se les pone dinero delante.<br />
Tenía la visión nublada y boqueaba para que el aire me entrase sin éxito. Mis párpados cedieron en el momento en el que  la puerta de mi habitación se abrió y Cort entró por ella vociferando e intentando continuar con la conversación que yo había dejado a medias en el ascensor. No fui capaz de escuchar lo que decía, solo sé que de repente la presión desapareció y que yo me quedé inconsciente.<br />
Desperté a las siete de la tarde del día siguiente y al irrumpir en el salón con un mareo considerable, ocho miradas inquisitivas me interrogaban. Tenía que explicar muchas cosas pero no me encontraba bien y en el momento en el que iba a saludarles una voz familiar se escuchó en el televisor. Las calificaciones individuales estaban a punto de salir a la luz.<br />
-	No… no. Me he perdido las pruebas- me froté la cara con desesperación.- ¡¿Por qué no me despertasteis?!<br />
A pesar de los reproches, nadie me respondió y todos dejaron de mirarme para centrar su atención en el televisor. No tenía mucho que aportar por lo que las calificaciones tampoco me ayudarían pero gracias a los entrenamientos había aprendido lo básico y al menos podría haber llegado al cinco. Sin embargo, el no haber participado ¿En qué lugar me dejaba? ¿Moriría la primera o me dejarían para el final? ¿Me pasaría varias semanas angustiada esperando a que se diesen cuenta de que yo, la sirvienta seguía viva? Agité la cabeza de un lado a otro y me senté en el sofá junto a Cort que parecía orgulloso.<br />
-	Distrito 1- dijo Caesar y la foto de Cort apareció en la pantalla junto con el número nueve.<br />
Yo era la siguiente. Avergonzada cerré los ojos para no ver mi resultado, esperando que Teodora y Marcus se pusieran a gritarme por lo que había pasado.<br />
-	¡Oh Dios mío! ¡Eso es imposible!- fue la primera reacción que me hizo estremecer.<br />
-	¡No! ¡Ella no lo…!- Cort dejó la frase sin terminar.<br />
Abrí un ojo, luego el otro y frente a mi foto surgió  un impresionante número doce en forma de enredadera. La calificación hizo que se desatara el caos tanto en el salón como en las calles en donde pude oír mi nombre coreado.<br />
-	¡Teodora!- grité con pánico.- ¡No puede ser! ¡Yo no he participado! Hay que hablar con ellos ¡No tengo un doce! ¡Ni si quiera tengo un cinco! Acabaran conmigo nada más empezar.<br />
Me mareé pero no pude moverme. Teodora se marchó segundos antes de que Caesar diese los resultados del distrito 2. La punzada del estómago volvió a sacudirme y salí a la terraza con la esperanza de que el aire fresco ayudase a que me despejara. No volví al interior ni si quiera cuando Teodora regresó con la información.<br />
-	Hay un problema. Nadie justifica esa puntuación pero no van a cambiarla. Tenemos que reorganizarlo todo.<br />
“Nadie lo justifica” pensé “No van a cambiarla”, mastiqué cada palabra de aquella frase hasta que ordené las piezas que no encajaban en el puzle “Fama y fortuna” me dije a mí misma y por fin lo comprendí. Ahren no solo había sobornado a los tributos, sino que había conseguido convertirme en una diana. Era peligrosa tanto en mi distrito como en los juegos y no podían dejarme vivir.<br />
Cort salió a la terraza cuando Teodora procuraba mantener la calma y Marcus celebraba los resultados. No parecía disgustado, solo indiferente. Como si supiese algo que yo ignoraba y aquella situación le pareciese de lo más normal. Yo no podía menos que sentirme culpable.<br />
-	Cort, lo siento.<br />
-	¿Acaso tienes tú la culpa?- levanté los hombros.- ¿Quién era ese tío?<br />
-	Nadie<br />
-	Pues Nadie te ha dejado unas marcas muy feas en el cuello. Por suerte la voz no se ha corrido demasiado, si no, serías una leyenda.<br />
Se apoyó en la barandilla con los codos y dejó caer la cabeza hacia atrás. De nuevo reparé en que no parecía desanimado a pesar de que todo su potencial se había visto eclipsado por una sombra, por mí.<br />
-	Cort, necesito que me ayudes.<br />
No me contestó, solo se mantuvo en la misma postura y después afirmó levemente. De repente adquirí una nueva perspectiva de mi vida.<br />
Durante los días siguientes me entrené al límite y finalmente vestidos con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes,  Cort y yo nos situamos en las compuertas de salida del distrito 1. Yo esperando un final para el que no estaba preparada y que intentaría evitar a toda costa, él buscando la gloria. Había decidido confiar en él, contándole quien era Ahren y lo que pensaba hacer con el Capitolio. Por eso ya no seguía las instrucciones de Teodora, solo buscaba protegerme de los veinte tributos que suponían una amenaza para mí.<br />
-	Espero que lo que digas sea cierto, sirvienta- dijo Cort creo que por tratar de relajarse ya que estaba incluso más nervioso que yo.<br />
-	Deja de dudar de mí. Si esto no sale bien puedes despedirte de los distritos, al menos del 10, 11 y 12.<br />
-	Menos rivales.<br />
Mire de nuevo a mi compañero con la esperanza de percibir una pizca de compasión o de esperanza y al reparar en él, bueno, al reparar en su cuello vi un trozo de enredadera como la que yo llevaba alrededor de todo el brazo. Hasta ese momento no había entendido el motivo que e ocultaba detrás de esa repentina amabilidad ¿Estrategia quizás? Si, la mejor estrategia para acabar conmigo y por si se olvidaba de su labor, una marca para que supiese que le estaban vigilando. En ese momento mi cuerpo comenzó a convulsionarse de los nervios. Me había quedado sola, justo en el momento en que la plataforma ascendía, dejándome ver una especie de selva plagada de árboles que debían convertirse en mi refugio.<br />
-	En cuanto esto empiece tú corre. Yo te cubriré la retaguardia y cuando salgamos del primer enfrentamiento cada uno por su lado. Coge lo que puedas para sobrevivir, busca un sitio seguro y luego trataré de encontrarte.<br />
-	Suerte Cort- le dije tratando de aparentar normalidad y fingiendo no haber visto la marca de su cuello que debía ser idéntica a de los otros diecinueve tributos que también me buscarían.<br />
Una idea surcó mi mente, no tenía tiempo. Diez segundos, tres tributos sin marcar, siete segundos, tres tributos que no han sido sobornados, cinco segundos, tengo que encontrarlos. Tres segundos, es mi única posibilidad. Un segundo.<br />
-	Que comiencen los juegos del hambre- la voz de Caesar se apagó y yo salí corriendo, sabiendo que Cort me seguiría de cerca.</p>
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		<title>Texto 4</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:21:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>concurso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>-	Helena Shertby – dijo con voz potente el alcalde.
Desde luego la suerte nunca había estado repartida en mi familia. Nunca nos había faltado para comer, ni habíamos tenido que trabajar, pero eso en nuestro distrito no era algo tan normal como lo podía ser en el distrito once o doce.
El alcalde cogió entonces el papelito [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-	Helena Shertby – dijo con voz potente el alcalde.<br />
Desde luego la suerte nunca había estado repartida en mi familia. Nunca nos había faltado para comer, ni habíamos tenido que trabajar, pero eso en nuestro distrito no era algo tan normal como lo podía ser en el distrito once o doce.<br />
El alcalde cogió entonces el papelito del tributo chico e hizo una mueca de dolor.<br />
“No puede ser” pensé al ver la mirada que me dirigió.<br />
-	Christian Shertby – dijo finalmente en un suspiro.<br />
Nuestras pisadas hacia el escenario sonaron al alivio del resto de personas de la sala. Sabía cada uno de los pasos que tenía que seguir, por lo que no me preocupé de ir atenta a algún posible tropiezo. Oí un sollozo de fondo. Probablemente fuera nuestra madre, pero no me giré a averiguarlo. No quería emociones en ese instante. El Capitolio me había nombrado robot de matar y ese sería el rol que seguiría desde entonces.<br />
Pero ¿cómo iba a interpretar el papel que me había impuesto? Las máquinas no tienen alma, no tienen sentimientos, no tienen ADN, no les preocupa matar a alguien de su misma serie, pero… ¿matar a tu propio hermano?<br />
Y me olvidé de que cada momento estaba televisado,  que no podía mostrar debilidad. Empecé a gritar al alcalde. En seguida se me acercaron dos guardas y me separaron, pero el alcalde les mandó parar.<br />
-	¡Las reglas son las reglas, Helena! Sólo te diré una cosa: Sé más lista que el Capitolio… no es la primera vez que ganan dos personas…<br />
Katniss y Peeta. Habían revolucionado Los Juegos del Hambre, eso no se podía negar. Katniss demostró saber jugar con las mismas cartas que el Capitolio, lo que le valió el ticket de regreso. Pero no sabía mi situación se vería trágica o morbosamente…<br />
Entonces me di cuenta de que no podía dejarme ganar, no podía abandonar sin luchar. Aunque fuera difícil, aunque tuviera que devanarme los sesos, tenía que demostrar ser algo más que una simple máquina. Necesitaba una estrategia, un juego inteligente.<br />
Cuando mi hermano llegó al escenario fui a abrazarlo, pero me evitó. En la despedida se mostró incluso más distante que yo. No sé de dónde sacaba fuerzas, ¿cuándo había madurado? No derramó una lágrima. El único instante en que nuestros ojos se cruzaron, vi tan desprovisto de color su iris verde que me asusté. ¿Estarían mis ojos igual?<br />
La representante del distrito, Eislyn,  nos llevó al Capitolio. No parecía conmovida por nuestra situación; nos advirtió con una sonrisa de que no podíamos fallar a la gente.<br />
¡Ja! Es nuestro pueblo quien nos ha fallado a nosotros, exponiéndonos a morir.<br />
Cuando empezaba a anochecer, me miré en el reflejo de la ventana; mi pelo negro estaba enmarañado y cuando intenté sonreír, una mueca fue lo único que conseguí. Mis ojos azules parecían idos. De repente, un montón de luces me cegaron; habíamos llegado al Gran Capitolio, un conjunto de los doce distritos al cuadrado.<br />
La ceremonia inaugural sería esa noche. Christian y yo estuvimos toda la mañana en manos de unos especialistas que se encargaron de sacar la poca belleza que había en mí.<br />
-	¡Necesitas pero ya un corte de pelo! Y una manicura y una pedicura&#8230; – iba diciendo mientras otras chicas empezaron a lavarme el pelo inmediatamente. – El hecho de que seáis hermanos hay que aprovecharlo, así que entraréis cogiditos de la mano, ¡como cuando sois pequeños y os van a hacer una foto!<br />
Parecía tan emocionado que era imposible contrariarle. A mí todo esto me molestaba enormemente, pero me limité a hacer todo lo que me pedían mientras perfilaba mi estrategia. Si tenía que fingir ser una pobre víctima de una tragedia griega, lo sería.<br />
Interpretamos perfectamente nuestro papel, exagerando nuestra historia e insistiendo en los momentos más trágicos y nostálgicos, como me había dicho Eislyn, y resultó que verdaderamente conmocionamos al Panem.<br />
Los entrenamientos eran por separado, tal como lo había solicitado Christian. Desde que habíamos llegado al Capitolio habíamos compartido sólo unas pocas palabras verdaderas el día de nuestra llegada, cuando se acercó a mi cuarto por la noche.<br />
Christian entró en mi habitación sin llamar, me miró con sus ojos y se sentó en la cama.<br />
-	No voy a permitir que mueras – dije nada más verle entrar.<br />
-	A veces no sé si yo soy el ingenuo o lo eres tú. A partir de ahora actuaremos como hermanos ante la gente, pero en el interior somos enemigos.<br />
-	¿Qué estás diciendo? – pregunté, incorporándome. Mi sangre se había helado.<br />
Pero Christian ya se iba, dando por finalizada la conversación. Sin embargo antes de salir juraría haberle oído decir: “No ganaremos los dos…”<br />
Así que sólo fingíamos tener relación. No negaré que me dolía enormemente que me hubiera declarado guerra abierta. Era mi hermano. Pero me sobreponía escribiendo en mi diario: mi única vía de escape, mi mejor aliado…<br />
-	¡Exacto, mi mejor aliado! – grité en medio del gimnasio de entrenamiento.<br />
Todos se giraron extrañados, pero yo ya tenía mi estrategia.  No era buena haciendo trampas, aunque sabía manejarme con las armas, pero no tenía la experiencia que poseían otros tributos o incluso mi propio hermano, quien llevaba jugando con espadas desde que tenía uso de razón. Necesitaba de algo que mantuviera a mis víctimas distraídas mientras me acercaba. Me había matado a pensarlo cuando siempre estuvo ahí: escribir. Ante un texto, te quedas parado unos instantes, decisivos para mí.<br />
Pero no había tenido en cuenta de dónde iba a sacar papel en el lugar donde fuéramos. No podíamos llevarnos nada y al no haber enseñado mi estrategia no habría ningún cuaderno esperándome en la Cornucopia. Lo único que me quedaba era tener suerte y que en los terrenos se pudiera escribir con piedras, palos o dedos.<br />
-	Helena, Christian, es la hora. Subid a las plataformas. – nos dijo Eislyn.<br />
El día había llegado. Comenzaban Los Juegos del Hambre.<br />
Entramos en las plataformas que se cerraron y nos elevaron lentamente hacia la zona de Juego. Cerré los ojos, no quería mirar, pero en seguida noté que no era mi bosque deseado. Sólo teníamos sesenta segundos antes de que nos soltaran y empezaran la gran matanza. Miré a mi alrededor. Era un terreno seco, con poca vegetación pero se veían algunas montañas de arcilla para ocultarse un poco más allá de un pequeño bosque de encinas. Detrás de mí se extendía la tierra hasta donde alcanzaba la vista. Era todo tan agreste, que me derrumbé durante unos instantes. Miré la gran montaña y descubrí a apenas cinco metros de mis pies una espada demasiado buena para no arriesgarse.<br />
Sonó el gong y corrí como en mi vida lo había hecho. Cuando fui a coger la espada, otra mano también se acercó. Pero fui más rápida y la cogí antes. Me disponía a matar a mi adversario cuando vi que era Christian. No podía dejarle desprotegido. No dudé; solté la espada y salí corriendo en dirección al bosque.<br />
Esa noche oí diez cañonazos y miré las imágenes que se dibujaban en el cielo con el corazón en un puño. Mi hermano no estaba entre ellos. Me refugié entre un árbol y la roca de la montaña. El frío fue una tortura de la que no creí poder sobrevivir, pero pronto amaneció y con ello llegó el calor y la hora de matar; no iba a quedarme parada a ver quién moría, tenía que arriesgarme para acabar con esa tortura o morir a sus manos.<br />
Mi plan consistía en espiar a los tributos y saber por dónde se movían. Luego me acercaría y mataría lo más rápidamente posible. Para ello necesitaba un objeto afilado, por lo que corte una rama y afilé una piedra. Esta tarea me llevó toda la mañana, hasta que conseguí tener una estaca que sirviera para clavarla en la garganta, mi zona de matar. Para probar la eficacia del arma, cacé un conejo, lo cual fue bastante más fácil de lo que esperaba. El sigilo era la clave.<br />
Justo cuando acabé de comer el conejo, oí ruidos cercanos. Perfecto, esa sería mi primera víctima. Si no tenía que recurrir a la escritura sería mejor, ahora todo dependía de cómo se me pusiese mi víctima.<br />
Se acercó a donde yo estaba y vio el fuego apagado con prisas. Lo reconocí, era un tributo del distrito uno, muy bueno a distancias cortas. Pero estaba de espaldas y su hermoso cuello quedaba a apenas un metro de mi escondite.<br />
“Ahora o nunca” – fue lo único que se cruzó por mi mente.<br />
Le clavé la estaca en la garganta y empezó a desangrarse. Sentí una adrenalina muy preocupante en mi interior pero en ese momento estaba eufórica. Por primera vez me sentí con las fuerzas para ganar Los Juegos del Hambre.<br />
A partir de entonces maté a dos más antes de recurrir a la táctica de la escritura. La primera vez que la utilicé fue cuando, subida a una roca, vislumbré a una niña del distrito diez de apenas trece años acercarse a una zona con barro de unas lluvias de la noche anterior. No sabía si funcionaría, pero cogí mi preciada estaca y escribí en el barro lo que sentí el día de la elección de tributos.<br />
“Todo el mundo se calló. Me quedé sola ante ti, oh peligro, ¿por qué te empeñas en acosarme? Me dormiré en tus brazos y acunaré tus advertencias. No quiero que pases encima de mí. No mires detrás… ve hacia delante.”<br />
Tras clavarle la estaca, vi lágrimas en sus ojos. Eso me descolocó tanto que tardé más de lo normal en salir corriendo. Esa noche no dormí y lloré lo más silenciosamente que pude. Estaba matando. Cuatro personas habían caído ante mí y otras cinco más entre el resto de los tributos. Quedábamos cinco. Christian aún no había muerto y me aliviaba pero a la vez pensar en tener que matarnos el uno al otro al final me aniquilaba el alma. Me dormí rápidamente, para olvidar las múltiples heridas físicas y psicológicas que me estaba causando la matanza.<br />
Los días siguientes no me moví más que para cazar y volver a mi refugio. Apenas dormía y si lo hacía, soñaba con mis manos ensangrentadas con la sangre de mi hermano y él con lágrimas desvaneciéndose ante mí. Murieron dos personas más durante mi estado de depresión. Ya sí que no quería salir, no quería morir ni matar a mi hermano. Y no habían dicho nada de poder ganar los dos tributos de un distrito, y ya no lo dirían, estaba segura. Lo habían visto todo morbosamente, como me temía.<br />
Una mañana, al despertarme, noté un paño a mi lado. Me sobresalté pero sólo era un regalo…<br />
¡Un regalo! ¿Tenía algún patrocinador después del poco juego que había dado en esos últimos días? Lo abrí y encontré un bloc de notas y un lápiz. Eso me abrió los ojos: ya sabía qué tenía que hacer. Y no podía ser cobarde.<br />
Mientras mascaba algunas hierbas para desayunar, comencé a pensar cómo ejecutar mi plan mientras escribía en mi nuevo cuaderno. Estaba absorta en mis reflexiones y tras los días de total aislamiento, mis sentidos estaban desconectados, por lo que no me di cuenta de que alguien se acercaba hasta que noté un escozor en mi brazo derecho, provocado por el corte de una espada.<br />
Al darme la vuelta me asusté y grité. Olvidé mi valentía y propósitos. Me acobardé ante la gran figura de ese chico. Era mi fin. Al menos no tendría que ejecutar el plan…pero una espada le atravesó antes de que pudiera clavármela a mí. Mis ojos, anegados en lágrimas, trataron de visualizar la figura de mi hermano que me miró con furia.<br />
-	¿Ahora sales de tu refugio? ¿Voy un momento tras un árbol y te dejas asesinar?<br />
-	¿Cómo que si ahora salgo de mi refugio? – fue lo único que pude articular.<br />
-	Se podría decir… que he estado vigilando la zona. – comentó como si tal cosa.<br />
-	Pero… sólo quedamos tú y yo. – le contesté, ignorando lo fuerte que me habían calado sus palabras. – Y no han dicho nada de permitir ganar a dos. Este es el fin y lo sabes ¿no?<br />
Christian no contestó. Cogí mi bloc de notas y el lápiz y se lo tiré a sus pies.<br />
-	¡No lo abras! – le grité al verle agacharse. – Aún no.<br />
Christian me miró enarcando una ceja, pero sé que él no sabía lo que yo iba a hacer. Me veía demasiado cobarde como para planteármelo siquiera. Cogí mi estaca que llevaba colgada del cinturón y me la puse detrás de la espalda. Me acerqué a él lentamente, fingiendo que no pasaba nada. Le pedí un abrazo y él, anonadado, me lo dio, sin esperarse lo que haría a continuación. Tras unos instantes en que le intenté traspasar todo mi amor a través de mis brazos, cogí la estaca con fuerza y sin detenerme la clavé en lo más profundo de mi garganta. La punta estaba recién afilada de esa misma mañana. Mis manos se mancharon con mi propia sangre y empecé a marearme. En pocos instantes caería muerta, como todos los demás.<br />
-	Lee el cuaderno – musité con un hilo de voz, antes de que la oscuridad se cerniera sobre mis ojos y mi corazón dejara de latir.<br />
El día pasó demasiado rápido. Millares de periódicos se vendieron anunciando el sacrificio. En la televisión sólo repetían una y otra vez el momento. Christian Shertby viendo morir a su hermana, Christian Shertby intentando reanimarla y pidiendo ayuda, las lágrimas de Christian Shertby, el momento en que Helena Shertby se clavó la estaca durante el abrazo. Pero, sin duda, lo que había conmocionado a la gente había sido el texto de despedida de Helena, que su hermano leyó entre lágrimas primero silenciosamente y luego al resto del Panem.<br />
“No sé qué decirte, mundo. ¿Es esto evolución e inteligencia? ¿Existe la libertad o es sólo un concepto intangible? La muerte sólo genera más muerte. Las guerras desembocan en más guerras, quizás más individuales, más pequeñas pero tan dolorosas de vivir… He sentido la muerte en mis manos, me he revolcado en el gozo del poder y ahora es tal mi arrepentimiento que prefiero manchar mis manos con mi sangre que con la de otra persona, y más siendo la de mi hermano.<br />
Hoy le he preguntado a mi corazón si deseaba dejar de latir. Me ha suplicado que no lo hiciera. Le he sonreído y le he contestado que ya estaba muerto, que su vida se la había llevado el corazón al que hice pararse.<br />
No sé si habrá cielo o infierno más allá. No sé si el dolor que siento en mi interior es un castigo prematuro por todos mis pecados. No sé nada de la vida ni de la muerte y, sin embargo, me he atrevido a jugar con ellos a mi antojo…Y ya es hora de partir.”</p>
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		<title>Texto 5</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:20:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>concurso</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Me había dicho mi hermana mayor que lo mejor era no pensar. Dejar volar la mente hasta que todo pasara. Saliera quien saliera no iba a poder hacer nada por evitarlo. Si me tocaba aceptaría la muerte, no les iba a dar el gusto de divertirse a mi costa, en aquel morboso juego con el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me había dicho mi hermana mayor que lo mejor era no pensar. Dejar volar la mente hasta que todo pasara. Saliera quien saliera no iba a poder hacer nada por evitarlo. Si me tocaba aceptaría la muerte, no les iba a dar el gusto de divertirse a mi costa, en aquel morboso juego con el que la gente del Capitolio se divertía viendo cómo aquellos jóvenes se mataban entre ellos para sobrevivir. Iban a decir los nombres por los altavoces. Mis manos apretaban mis orejas, no quería oírlo, en el fondo no era tan fuerte, no quería morir, alejarme de mis padres, de mis cuatro hermanos mayores, mi novio, no quería por nada del mundo que dijeran mi nombre, respira, sería mucha casualidad que te tocase a ti, respira, tararaa laralara, no abras los ojos, taraaa lala laaa, odio esta canción, me tiemblan las piernas, sigo tarareando, no quiero escuchar nada…Algo se tira encima de mí, mi madre está llorando, ya está, me han cogido, mierda, no, espera, sonríe, está sonriendo, me abraza, me abraza y me besa, porque soy la más pequeña, tengo dieciocho años y este era el último año que me podía tocar, seremos una familia feliz, completa y feliz. La verdad que no echamos tantas papeletas de comida como para que nos tocara, así que no debería sorprenderme.<br />
Nos marchamos de allí lo antes posible, no quería ver las dos familias que habían sido destrozadas, que seguramente estarían arrepintiéndose de cada papeleta echada. Estaba feliz, porque a mí no me había tocado.</p>
<p>Mi cama blandita, mi almohada… nunca había notado tanta tranquilidad en esa habitación, se respiraba paz, serenidad.<br />
Clic, Clic, Clic, piedrecitas en la ventana, típico de mi novio Yuren, tenía ganas de verle. Me asomo y no le veo. Hay una carta en el suelo, qué romántico es, tres años juntos, compartiendo momentos increíbles, en cuanto le viese me lo iba a comer, alto, inteligente, sensible, dulce, comprensivo, bueno a veces algo cabezota, pero perfecto para mí.<br />
 Veamos, como suponía carta de Yuren, con un corazón que rodeaba un Te Quiero azul en la parte de atrás. Me da hasta pena abrirla. Me subo a mi habitación, me meto en la cama, la abro, siento que algo va mal , la carta está húmeda,  empiezo a leer:</p>
<p>Queridísima Mina:</p>
<p>Esta tarde cuando vi que no habían dicho tu nombre me quedé muy tranquilo, y me alegro de verdad, lo único que quiero es que tú estés bien, que seas feliz, que enseñes al mundo todo lo que tienes por demostrar y ofrecer.<br />
Nunca dejarás de ser mi vida, mi niña de ojos negros, mi fuerza y mi razón de ser.<br />
Siempre me has entendido, me has ayudado y apoyado en momentos fáciles y difíciles, por eso te pido que entiendas la decisión que he tomado.<br />
Mi hermano Kane ha sido llamado para Los Juegos, sólo tiene catorce años, no puedo dejar que vaya, lo sabes, le quiero muchísimo, yo tengo más posibilidades de vivir que él, soy más fuerte, él es inmaduro y poco espabilado, no debe ir, no puede ir, no lo voy a permitir.<br />
Necesito que estés tranquila Mina, que nos conocemos, no hagas de esto un mundo, tengo buenas cualidades, ganaré y volveré a tu lado, cariño.<br />
Sólo te pido que no intentes decirme nada que me haga cambiar de opinión la última vez que nos veamos antes de los juegos, no quiero discutir, por favor, piénsalo, entiéndeme. Mañana cogeré  el tren hacia el Capitolio a las doce menos cinco.<br />
Eres mi luz, tú me guiarás y por ti ganaré.<br />
Te amo<br />
       Yuren</p>
<p> Shock. ¡Ja! No entiendo nada. ¿Qué tipo de broma es esta? No puede ser.  Siento frío, estoy de pie y no sé cómo he llegado hasta aquí, la carta empieza a emborronarse, estoy llorando, para de llorar Mina, esto no puede ser verdad, estás soñando, un mal sueño, sí eso es todo.<br />
Todo gira, todo me da vueltas, me apoyo en la estantería tirando sin querer un par de libros, mejor me voy a sentar, relájate, respira.<br />
Tengo que hacer algo, le amo, no puedo permitir que le pase nada, ni imaginármelo, pero no me puedo presentar por él porque soy mujer…Piensa, venga, doy vueltas por la habitación ignorando las lágrimas que casi no me dejan ver, piensa una solución, lo que sea…<br />
Ya lo tengo. Es un precio caro pero por él lo pago sin dudarlo ni un segundo.</p>
<p>Cojo el teléfono.<br />
-Eddy, te necesito.<br />
-¿Eres tú Mina?<br />
-Sí.<br />
-¿Qué ha pasado? ¿Te han elegido para los Juegos?<br />
-No, no tiene nada que ver…<br />
-Ah, y ¿Para qué me llamas? Ya me dejaste claro hace años que no querías saber nada de mí.<br />
 -Eddy, me he dado cuenta de que elegí mal.<br />
-No voy a soportar este tipo de bromas Mina, ya me hiciste sufrir bastante.<br />
-Eddy, no cuelgues, espera,  escúchame, me he dado cuenta de que te necesito, fui una estúpida, y me duele darme cuenta después de tantos años, siempre fuiste tú.<br />
-¿A sí? ¿Qué pasa que Yuren se ha cansado de ti ya o qué, se ha ido con otra?<br />
-Bueno, la verdad que ha sido algo peor, me ha amenazado, le dije que volvería contigo, que ya no le amaba y me dijo que vendría a matarme, tengo miedo Eddy.<br />
-Mina, no llores, no permitiré que te haga daño, te quedarás en mi casa hasta que encontremos una solución.<br />
-Tienes que hacer algo Eddy, estoy muy asustada… Por las mañanas, sobre las doce menos cuarto siempre va al Parque Weird, al que está al lado de la estación, asústale.<br />
-Mina, sabes que soy incapaz de hacer daño a alguien.<br />
-No te pido que le hagas daño, solo dale un buen susto que vea que no estoy sola, por favor Eddy,  confío en ti, estaremos juntos y nadie nos separará.-no quería decirlo pero tenía que hacerlo-Te quiero Eddy.</p>
<p>Colgué el teléfono, no podía dejar de llorar, ¿cómo podía ser tan cruel? Eddy nunca iba a perdonarme esa farsa, nunca me volvería a dirigir la palabra, bueno quizás nunca más iba a tener esa oportunidad.<br />
Vuelvo a descolgar el teléfono.</p>
<p>-Yuren.<br />
-Mina corazón, ¿Qué tal estás? ¿Has leído la carta?<br />
-Sí, lo entiendo cariño, eres muy valiente, se que ganarás.<br />
-Mina, lo siento, es por mi hermano, es muy pequeño.<br />
-Lo sé, lo entiendo, ha debido de ser muy duro para ti, por eso yo no te puedo decir nada. Ganarás  y nos volveremos a ver. Tengo que ir a cenar, mañana estaré a las once menos cuarto en el Parque Weird, el que está al lado de la estación, para despedirnos y darte el beso de la suerte. Te amo Yuren.<br />
-Yo también te amo Mina.<br />
Cuelgo el teléfono</p>
<p>11.45, desde detrás de los arbustos veo a Yuren, es tan guapo, me duele verlo, me duele no poder despedirme de él, me duele pensar que a lo mejor nunca más volveré a verle, a besarle, a tenerle entre mis brazos. Ahí llega Eddy, está observando a Yuren desde la otra punta del parque, parece tenso, bastante tenso. Pobre Eddy no me lo perdonará jamás.<br />
Bueno y Yaren supongo que tampoco lo hará, pero debo hacerlo.<br />
Eddy se acerca decidido a Yuren quien mientras mira el reloj se ve apresado por unos fuertes brazos. Yuren intenta enderezarse, se consigue girar y se sorprende al ver a Eddy quien le propina un puñetazo en la cara.<br />
-¡Pero que haces Eddy! ¡Para!-Eddy le echa una mirada amenazadora y lo coge por las solapas de la camisa-¡Eddy suéltame! ¿Pero qué demonios haces?<br />
-Entérate que a Mina la voy a proteger, no pienso permitir que la hagas daño, ¡nunca!, ¿Entiendes?<br />
-¿Pero por qué iba yo a hacer daño a Mina? ¡Suéltame!<br />
-No te hagas el tonto que lo sé todo, se que la has amenazado, aceptarás que estemos juntos si ella lo quiere así.- Piiiiii Piiiiii, El tren va a salir ya, tengo que darme prisa, te quiero Yuren, me levanto sin ser vista y voy corriendo hasta el andén C.<br />
-Eddy déjame, había quedado aquí con ella y encima voy a perder el último tren que sale hacia el Capitolio…Espera, ¿cuándo te ha dicho eso Mina?<br />
-Ayer por la noche me llamó llorando, que la habías amenazado, no te reconozco Yuren, no podía esperar eso de ti, espera ¿Habías quedado aquí con ella?<br />
-¿Ayer? ¡Oh, no! ¿Te dijo ella que estaría yo aquí?<br />
-Sí.<br />
-¡No, No, No, No! ¡Eddy ayúdame! ¡Mina se ha debido de subir al tren! ¡Corre!</p>
<p>Bueno, ya estoy subida, todo saldrá bien, noto como el tren empieza a moverse lentamente. Pum Pum, Yuren está golpeando el cristal con los ojos empapados, se queda mirándome boquiabierto, mi pelo corto, mis ropas anchas masculinas, empieza a entender la situación.<br />
-¡Mina baja de ahí ahora mismo!.-Chillaba golpeando el cristal de la ventanilla, mis ojos empezaban a humedecerse, la última vez que iba a ver esos ojos, esa cara, era tan perfecto…-¡Mina!¡Mina!¡Te pillarán!<br />
-Te quiero Yuren-. Mi mano empujaba el cristal como si por un momento pudiera tocarle.-Su figura se iba alejando mientras corría tras el tren.<br />
-¡Mina! ¡Minaaaa! ¡Te quieroooo!</p>
<p>D.N.I. falso, identificación personal también falsa, hojas de reemplazamiento por familiar firmada y sellada también falsa, me pillarán, mi amigo Riky es bueno falsificando, pero ¿Tanto? Seguro que me pillan, lo habrá hecho mal aposta para que me pillen, bueno contando con que me pueden convertir en Avox como me descubran, espero que no.<br />
Entro al Capitolio sin ningún problema, entrego mi identificación, cuela, ¡Buen trabajo Ricky!, ¿Nadie sospecha? No me lo puedo creer, me están diciendo que las veces que me he escaqueado de ir al Centro de Belleza están dando su fruto, ¿Parezco un tío? Sí, realmente lo debo parecer.</p>
<p>Me entregan una equipación bastante ancha, punto a mi favor, me visto y voy al gimnasio con los otros Tributos (así nos llaman), es enorme y está lleno de pruebas bastante difíciles desde mi punto de vista, no gano muchos puntos en ninguna prueba, algo bastante mediocre.<br />
Me presentan a mi “manager” como siempre los he llamado cuando los veía otros años por televisión, la verdad que parecía algo menos duro por la tele, se llama Peterson, o eso pone en la placa.<br />
-¿Yuren?- Me cuesta responder por el nombre de Yuren, mi Yuren.<br />
-Sí, Sí, Soy yo.<br />
-Hola soy Peterson, no perdamos mucho tiempo, veamos cuales son tus habilidades y cualidades, ¿vale? Ya sabes que cuantos más puntos más ayudas de patrocinadores tendrás en Los Juegos.<br />
-Sí-. Me limite a responder y le seguí hacia una zona de entrenamiento personal.</p>
<p>Ya han pasado varios días desde que estoy aquí.  Se supone que ahora tengo que salir ahí y demostrar lo que sé, madre mía, necesito practicar más, que me salga sin ningún error es casi imposible, concéntrate, hazlo por tu familia y por Yuren tú puedes. Tributo del Distrito 5. ¡Ay, madre! Que esa soy yo, respira, anda como un tío, habla como un tío y hazlo como tú sabes Mina.</p>
<p>Era la primera vez que los tributos pisábamos aquel escenario, salí y me empecé a fijar en cada gesto, persona, mobiliario, en el jurado, vestimentas, instalaciones, cada mota de polvo. Me coloqué delante del jurado y un Avox me acercó un pañuelo el cual ató a mis ojos.</p>
<p>-Tan sólo he estado 50 segundos en esta sala, desde que han dicho mi nombre por la megafonía hasta este momento, me ha dado tiempo de memorizar lo que pasaba en cada segundo. Hay 23 personas con pantalones azules, 32 con camisetas blancas, la chica del pañuelo rosa y morado de mi derecha, le ha dado una colleja al chico que está sentado a su lado a los 25 segundos de entrar yo, al mismo tiempo en la segunda fila la chica que va de rojo a recogido un papel del suelo que 5 segundos antes a tirado el señor que está en la fila de arriba que lleva una corbata naranja, hay 145 personas en esta sala, 14 Avox, y 15 miembros del jurado, el señor de barba con la americana negra que está sentado en el sector del centro en la octava fila ha abierto su cartera 3 segundos antes de taparme los ojos con el pañuelo, tres personas han estornudado y 6 personas han tosido, en la quinta fila las señoras mayores que van una con un traje azul y otra con un traje rojo se han contagiado varios bostezos que han sido iniciados a los 36 segundo de haber entrado. Dos hombres del jurado sentados en el séptimo y octavo puesto, nada más entrar yo, se han girado para hablar con la señorita del jurado que está en el puesto décimo y ella ha tenido una reacción de sorpresa, a la vez el tercer miembro del jurado se ha abrochado los cordones del zapato derecho y la señorita número cuatro del jurado ha echo una bola con un folio y lo ha tirado a la basura, mientras que el jurado que está en el puesto once ha llegado con una botella de agua mineral. Si alguien no está de acuerdo con lo que he dicho que lo diga, si alguien quiere preguntar algo que pregunte.- Esperé unos segundos, nadie decía nada, estaba temblando, me quité el pañuelo y pude observar como la gente estaba perpleja y asentían con la cabeza. Una tributo rubita que había salido al escenario antes que yo me sonrió y se puso colorada, me senté en la misma fila que ella pero alejada, lo que me faltaba, ponerme a ligar en aquella situación, encima con una chica.</p>
<p>Explotaré mi habilidad de memorizar, la ejercitaré hasta tal punto en que sepa cada piedra que pise, cada paisaje por el que pase, cada gesto verdadero o falso de los tributos, cada nube, cada puesta de sol, cada animal, cada sendero, cada muerte, cada situación, cada compañía…por tí Yuren.</p>
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		<title>Texto 6</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:19:08 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Este año el Capitolio no iba a permitir que ocurriese nada parecido a lo
sucedido con los tributos del Distrito 12.  No habían sufrido una humillación semejante jamás; ni siquiera cuando se revelaron los distritos, porque esa vez pudieron humillarlos y saciar su ansia de venganza arrasando el Distrito 13 y elevándose más aún sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este año el Capitolio no iba a permitir que ocurriese nada parecido a lo<br />
sucedido con los tributos del Distrito 12.  No habían sufrido una humillación semejante jamás; ni siquiera cuando se revelaron los distritos, porque esa vez pudieron humillarlos y saciar su ansia de venganza arrasando el Distrito 13 y elevándose más aún sobre los otros. Sin embargo en esa ocasión tuvieron que quedarse de brazos cruzados mientras esos dos mocosos se salían con la suya delante de sus narices y ante todo Panem. Pero este año tenían un plan infalible que acabaría con cualquier rumor que pudiese haber surgido sobre los Juegos del Hambre. Es cierto que habían proporcionado un buen espectáculo y una buena  audiencia, pero romper las normas y poner al Capitolio en evidencia había provocado comentarios de desdén entre el publico, sugiriendo que ya no eran lo mismo, que eran más benevolentes. El Capitolio ya tenía suficiente experiencia en mutación, como habían demostrado, por lo que no supondría ningún problema llevar a cabo el plan que tenían en mente.</p>
<p>La familia de Lizard Shine era de clase media, una clase social que sólo existía dentro del Distrito 1. No eran muy pobres, aunque tampoco podían permitirse decir que vivían bien acomodados. Simplemente no pasaban hambre, por lo que se encontraban satisfechos y agradecidos.  El padre de Lizard era el supervisor en una de las oficinas encargadas de controlar la producción de diamantes. Ese empleo le permitía simpatizar con algunos personajes célebres del Distrito 1, que se codeaban con el Capitolio; pero ese mismo puesto le podía suponer unas cuantas cosas desagradables si sus superiores no estaban satisfechos, lo que le hacía rogar cada día que realmente se hubiese suprimido la tortura dentro de las leyes impuestas por el Capitolio. Quizás esa era la razón por la que mostraba una personalidad enormemente desagradable con su familia desde el nacimiento de su primer y único hijo, o quizás simplemente odiaba a Lizard. Él se decantaba por esta ultima opción, por lo que solía evitar a su padre desde que descubrió que jamás podría contar con él. Sin embargo la verdad era que el señor Shine tenía envidia de su hijo, de que él no fuese ya el único en la vida de su esposa, de que pudiese llegar a triunfar más que él en la vida o de que llegase a ser más inteligente.  La madre de Lizard, Daisy, siempre intentó cubrir ese hueco con más amor del necesario, pero sólo conseguía agobiar a su hijo. Ella había sido la que había elegido su nombre: Flower-Lizard. Y lo había elegido porque de pequeña su padre siempre le hablaba de que una vez había visto estrellas de mar, lo más bonito y maravilloso del mundo, pero lo mas parecido que había podido enseñarle a su hija había sido una flor de lagarto. Y no le pareció adecuado llamarle a su hijo Starfish. La verdad es que no le gustaba que su hijo fuese diciendo por ahí que se llamaba simplemente Lizard, pero él se sentía avergonzado de revelar su nombre completo. Por ese motivo Daisy siempre lo llamaba Flowzard sólo cuando nadie más podía escucharlos, lo que no era extraño, ya que Daisy siempre estaba en casa, por orden estricta de su marido y solamente salía a hacer algún recado. Lizard no destacaba en casi nada, únicamente era experto en escabullirse, lo que iba muy acorde con su nombre. También es cierto que apenas era capaz de hacer amigos. Era muy tímido y se le solía fruncir el ceño con facilidad y contra su voluntad, por lo que daba la sensación de que era un poco huraño. Aún así conseguía que se le acercase la gente, aunque no para quedarse, gracias a aquellos ojos iguales a los de su madre. Eran los ojos más bonitos de todo Panem: dulces, delicados, marrones aunque casi podían ser negros, sonrientes, asustadizos a la vez que imponentes y muy inquietos. Todo el mundo llamaba la atención de Lizard para poder ver sus preciosos ojos, aunque no se atrevían a entablar una amistad con él. Lizard era atlético, de espalda ancha y brazos fuertes, aunque aparentemente delicados. Su pelo iba a juego con sus profundos ojos y lo dejaba caer a su gusto por la frente por tenerla un poco ancha. Sus manos eran finas, pero ya estaban agrietadas por el trabajo de los entrenamientos para los Juegos del Hambre. Porque en el Distrito 1 y quizás en alguno más, los candidatos a tributos se preparaban especialmente para salir ganadores en los Juegos. La verdad es que  casi siempre lo conseguían, salvo casos especiales como lo sucedido en los últimos Juegos del Hambre. Todo el Distrito 1 quedó horrorizado al ver que los dos tributos del Distrito 12 salían con vida de los Juegos. Pero Lizard se alegraba enormemente en el fondo de su corazón y estaba seguro de los demás sentían lo mismo que él y trataban de ocultarlo. La contrapartida era que esa doble victoria había apagado los ánimos de ganar este año o encendido las ansias de superarlos y proclamarse vencedores entre sus compañeros. En cualquier caso, Lizard no compartía ninguno de esos sentimientos. No era normal en su Distrito ni en ninguno, pero él quería ser elegido tributo para poder caer en el campo de batalla y no tener que volver a su vida de siempre, por la que sentía verdadero hastío. Lo había decidido hacía mucho tiempo. No quería volver a su casa para encontrarse: a su madre dominada por su padre, muriéndose de asco en casa sin hacer nada; a su padre, para el que era invisible; a los tediosos y agotadores entrenamientos diarios; a sus domingos sin amigos, encerrado en casa; ni tampoco ver cómo el Capitolio mataba a su pueblo a desgracias mientras en la ciudad vivían ricamente. Este año era su última oportunidad para salir elegido tributo y, si no salía su nombre en la urna, se presentaría voluntario.</p>
<p>Todo estaba listo en el Capitolio. El presidente Snow había sentenciado que los tributos del Distrito 1 serían los elegidos para llevar a cabo el experimento que se traían entre manos, sin posibilidad de revocarlo.<br />
Sentado en el sillón de su despacho, bien acomodado y con una sonrisa helada en sus labios, observó con atención a sus conejillos de indias.<br />
Primer nombre: Layla Smith.<br />
Segundo nombre: Flower-Lizard  Shine.</p>
<p>En el fuero interno de Lizard un suspiro de felicidad se abrió paso por su pecho. No era necesario presentarse voluntario ni dar explicaciones. Subió dignamente las escaleras, saludó amablemente a las personas que ya lo esperaban en el escenario y buscó entre el público a una única persona.<br />
Daisy intentó guardar la compostura estoicamente mientras su mundo se desvanecía con el anuncio del nombre de su hijo. Aún así, una lágrima corrió veloz por su bonita cara de porcelana y llegó hasta su cuello antes de que pudiera detenerla. Su vida, su mundo, su niño, su pequeño Flowzard, su felicidad… se despedían de ella.<br />
Lizard comenzó a sentirse tremendamente mal por haber tenido una sensación de alivio al ser escogido tributo cuando vio la mirada de desesperación de su madre. No contaba con ello. ¿Acaso no se sentían orgullosas las familias de quienes marchaban a los Juegos? ¿No había visto felicidad en sus rostros? ¿Por qué no sucedía lo mismo con su madre? No soportaba verla sufrir allí, quería abrazarla y decirle que todo estaba bien, no verla sola. Y su padre, perdido entre la multitud&#8230; ni siquiera lo estaba mirando directamente.</p>
<p>En el momento de despedirse, en aquella sala que le resultaba tan fría, Lizard buscaba las palabras para consolar a su madre. Estaba sentada a su lado, sin mover un músculo, mirando a su hijo mientras le agarraba la mano, intentando captar todos sus rasgos para no perderlos jamás en el olvido. Lizard no sabía qué decir y el tiempo corría. La abrazó al no aguantar mirar por más tiempo esos ojillos. Al oído, su madre le suplicó que no se dejase vencer en el estadio, que tuviese fuerza y valor para no morir y volver a casa.
<por favor, promételo, por favor> resonó en la mente de Lizard. ¿Cómo negarse? ¿Cómo contestar sin mentir y ocultar la verdad al mismo tiempo?<br />
Ante el silencio de su hijo, la verdad encajó perfectamente en los pensamientos de Daisy: la mirada de serenidad de su hijo, su arrepentimiento marcado en la cara después&#8230; ¿¡Es que pensaba dejarse morir!? Se revolvió inquieta y se arrodilló ante su hijo: <¡Promételo, vamos hijo mío, hazlo, gana esos Juegos, por favor vuelve, promételo, no me dejes, promételo!><br />
Lizard se llevó las manos a la cabeza mientras se llevaban a su madre que gritaba como una posesa las últimas palabras que probablemente su hijo oiría de ella.<br />
Durante el viaje al Capitolio la única persona que habló fue el último de los ganadores del Distrito 1, que estaba entusiasmado pensando en cómo sorprendería a la gente que un tributo del Distrito 1 volviese a proclamarse vencedor, a la vez que ponía verdes a los chicos del Distrito 12. Layla, a la que Lizard conocía por haber hecho algún que otro trabajo juntos, no se atrevía a hablar con él en esos momentos; aunque le retaba con la mirada a que dirigiese sus bonitos ojos hacía ella, y Lizard, sabedor de lo que la gente se había hartado de pedirle en años, la complacía a desgana. No parecía que aquella chica estuviese asustada… <mejor para ella que haya decido quitarme de en medio y ahorrarle el intento de matarme si es que gana> pensó Lizard. Lo ocurrido con su madre le había hecho vacilar a cerca de su plan, pero no estaba dispuesto a cambiar una decisión tomada con tanta antelación.</p>
<p><indisposición por ingerir comida en mal estado>. Ésa fue la excusa que dieron los encargados de los tributos del Distrito 1 para justificar la falta de asistencia a las presentaciones por parte de Layla y Lizard. Pero la realidad era muy distinta.<br />
Cuando Lizard despertó en aquella habitación blanca y fría no era capaz de definir qué había ocurrido exactamente. No cesaba de oír un gorgoteo cansino y constante. Sólo recordaba pruebas, pruebas y más pruebas médicas. Quienes los habían recibido habían sido médicos, y no sus preparadores. Los habían llevado a un laboratorio habilitado como hospital exclusivo para ellos y lo último que recordaba era una inyección que probablemente sería anestesia. Intentó incorporase levemente y, de repente, se encontró de pie. Se quedó paralizado y dedujo la procedencia del molesto sonido. El grifo del baño estaba goteando, pero en la sala no había ningún servicio. En ese momento entró e último ganador de su Distrito con una sonrisa en la boca y envidia en los ojos. Tras haberle exigido una explicación  varias veces, aquel tipo extraño comenzó a hablar. Cuando acabó de hacerlo, Lizard casi empieza a tirar el escaso mobiliario de la aséptica estancia por la ventana. ¿Cómo habían sido capaces? ¿Por qué lo habían hecho? ¿Tenía que ser precisamente él?</p>
<p>El presidente Snow felicitó a su equipo médico. Todo el proyecto había salido a la perfección. Este año el Capitolio se había asegurado la victoria del Distrito 1 y una despiadada batalla final. Lo ocurrido era que se había provocado una mutación en el cuerpo de los tributos del primer Distrito, proporcionándoles oído infalible, fuerza, resistencia, velocidad, vista e instinto de supervivencia más elevados que el de cualquiera de sus adversarios. Lo que se reservaban para el final era que no lo habían echo en igual medida entre los dos. Sólo querían un único vencedor.<br />
La rabia y la impotencia seguían fluyendo por el nuevo cuerpo de Lizard, aunque en menor medida. Seguía siendo él físicamente, pero sus genes y sus necesidades fisiológicas habían cambiado considerablemente. Se sentía morir. El Capitolio ya controlaba bastante su vida como par que encima se les ocurriese experimentar con él. Veía cómo se desvanecía su oportunidad para ser libre, porque sabía que nunca tendría el valor para quitarse la vida a sí mismo. Nada le salía bien. Cuando se encontró con su compañera de Distrito lo único que salía de su boca eran suspiros. Sin embargo ella había reaccionado de forma muy distinta. Parecía… feliz de su ventaja. En principio era lógico, pero Lizard no podía evitar enfadarse al ver su sonrisa.</p>
<p><¡Que den comienzo los septuagésimo quintos Juegos del Hambre!>. Lizard recordaba esas palabras que tanto había deseado oír meses atrás, y que le perforaban los tímpanos ahora. Tomó una gran cantidad de aire antes de enfrentarse a su destino, desconocido para él como nunca antes lo había sido. -¡Tómate el tiempo que necesites, lagartija de poca monta, tenemos toda la arena para nosotros solos!<br />
 Sabía que las palabras de Layla al otro lado de la espesura de vegetación no eran más que la consecuencia de sus mutaciones, del mismo modo que lo era la reacción violenta de él ante estas. No sabía si sería capaz de controlarse y lo que menos deseaba era darle al Capitolio lo que quería. Quería morir en el fondo de su ser, pero sus nuevos sentidos desarrollados se lo impedían anteponiéndose a sus deseos. Nunca más volvería ser el mismo y eso era un añadido más a su lista de motivos para ansiar la muerte. Caminó con paso seguro hacia la que había sido la única compañera que había tenido en su Distrito, intentando encontrar una solución para que nadie más que él cayese en la arena ese día y sin nadie sufriese daños colaterales. Imposible exprimirse el cerebro. Suspiró antes de mostrase bajo la luz del ardiente sol al ver a su compañera, y adversaria al mismo tiempo, esperándolo, varios metros más adelante, con una sonrisa casual en la boca y un cuchillo en la mano. Lo único que debía hacer era intentar no defenderse de sus ataques y eso era también lo más difícil que podían haberle pedido. Se despidió de su madre con un guiño dirigido al cielo y volvió a emprender la marcha.</p>
<p>Ante los televisores de todo Panem todo el mundo se quedó sin respiración durante los instantes que duró la lucha. Un tributo cayó en la arena. Ese día el Distrito 1 celebraría la victoria de su tributo y lloraría la pérdida del otro. La familia Shine y la familia Smith no volverían a mirarse a los ojos nunca más.</p>
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		<title>Texto 7</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:18:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>Nombre: Aleen Alseif
Edad: 16
Sexo: Hombre
Altura: 1’75 m. (aprox.)
	Descripción: A pesar de ser tan joven, Aleen presenta una forma física bastante notable para las condiciones en las que vive, aunque no excesivas. Se ha estado entrenando durante 3 años, tras la muerte de uno de sus amigos en los Juegos, tanto como ha podido. Obviamente no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nombre: Aleen Alseif<br />
Edad: 16<br />
Sexo: Hombre<br />
Altura: 1’75 m. (aprox.)<br />
	Descripción: A pesar de ser tan joven, Aleen presenta una forma física bastante notable para las condiciones en las que vive, aunque no excesivas. Se ha estado entrenando durante 3 años, tras la muerte de uno de sus amigos en los Juegos, tanto como ha podido. Obviamente no ha adquirido ningún tipo de técnica con armas de combate profesionales, pero ha practicado todo lo que su auto aprendizaje le ha permitido en combate cuerpo a cuerpo y combate con cuchillo. A lo largo de esos tres años, aparte de fortalecer su cuerpo, ha ido practicando diferentes habilidades, como sigilo, camuflaje y supervivencia, teniendo en mente presentarse como voluntario para los siguientes Juegos del Hambre.<br />
Hasta hace tres años, Aleen era un joven alegre y realmente divertido, a pesar de las precarias condiciones en las que estaba rodeado. Tenía un gran grupo de amigos, pero entre ellos se encontraba el que era su mejor amigo, cuya muerte presenció en directo por la pantalla de la plaza de su distrito, donde se agrupaban todos los chicos apoyando al joven que fue elegido al azar. Tras ello, Aleen se encerró en sí mismo, decidiendo vengar la muerte de su amigo ganando los Juegos del Hambre, por ello con una actitud bastante calmada, aunque pesarosa, empezó a entrenar desoyendo súplicas y consejos de su familia y amigos.<br />
Ahora Aleen es un joven callado, reservado pero con una mente calculadora y espabilada. Dentro de sí guarda mucha personalidad, que lleva encerrada desde sus 13 años. Presenta una entereza y firmeza realmente admirables para un joven de su edad. Sus ojos marrones, ahora impenetrables, muestran una cantidad de pensamientos jamás expresados, enterrados en su mente. Sus expresiones faciales, son duras, pero atractivas, su entrenamiento y actitud misteriosa y seria, le han convertido en un ídolo para las chicas, aunque se dice que él solo tiene ojos para la hermana de su amigo, por la que se rumorea que Aleen quiere ir a vengar la memoria de este.<br />
	Preparación y estrategia: Una vez el Centro de Entrenamientos, Aleen piensa practicar los elementos esenciales que le faltan, como las trampas para la caza y conocimientos de supervivencia y camuflaje. Confía en sus habilidades entrenadas a lo largo de sus tres años, por lo que solo las usará para hacer una presentación acrobática de movimientos de combate con y sin cuchillo, juntamente con lanzamientos de estos mismos, en el entrenamiento privado. Por esto justamente, entrenará lo básico con algunas armas comunes en los Juegos, como lanzas y espadas, simplemente para aparentar, aparte de los ya comentados anteriormente.<br />
A pesar de la seriedad de su actitud, la estrategia de Aleen será la de presentarse como un tipo astuto, divertido y seguro de sí mismo, con diversos comentarios de humor sarcástico, pero a la vez misterioso y con secretos, para así atraer la atención del público hacia su persona en sí y sobre por qué su confianza…<br />
A pesar de su auto preparación cuerpo a cuerpo, Aleen prevé demasiado riesgo el ir directamente por los elementos de la Cornucopia, por ello cogerá lo que tenga más cerca y se esconderá cerca de los profesionales, donde probablemente más seguro esté ya que los tendrá controlados. En caso de necesitar defenderse, siempre podrá usar sus habilidades en combate, siempre que la situación sea propicia.</p>
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		<title>Texto 8</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:17:15 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>¿Mi nombre?&#8230; ¿Acaso importa? Aquí no los utilizan. Tan solo somos números. Nuestros nombres dejaron de interesar cuando entramos en este sitio. Cuarenta y dos, así me llaman.
Mis padres murieron cuando aún no tenía casi conciencia. Una grave enfermedad se los llevó de aquí para siempre. Pero a mí, de un inexplicable modo no me [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Mi nombre?&#8230; ¿Acaso importa? Aquí no los utilizan. Tan solo somos números. Nuestros nombres dejaron de interesar cuando entramos en este sitio. Cuarenta y dos, así me llaman.<br />
Mis padres murieron cuando aún no tenía casi conciencia. Una grave enfermedad se los llevó de aquí para siempre. Pero a mí, de un inexplicable modo no me afectó. Nunca nadie me ha contado esto, hacer preguntas de cualquier tipo se castiga duramente. Así que digamos, que lo descubrí por mis propios medios… El orfanato del Distrito 2 se podría denominar hogar. Nunca nos falta comida debido a las papeletas de más que echamos los mayores para los juegos, esta es la única razón de que todos nosotros permanezcamos aún aquí. De no ser así, estaríamos en la calle disfrutando nuestra propia vida y la libertad. ¡Suena tan bien! Tan solo me faltan cuatro años para cumplir dieciocho y salir fuera.<br />
Agucé el oído un instante. Alguien había dicho un nombre, pero no uno cualquiera, sino el mío.<br />
-Darel Reberstein.<br />
Los chicos que me rodeaban me miraron aliviados por no haber sido ninguno de sus nombres los escogidos, pero sus ojos también estaban cargados de un sentimiento distinto: orgullo, honor y tristeza…por mí.<br />
-Darel Reberstein- volvió a repetir la voz-. Por favor, sube al escenario.<br />
Mis amigos me hicieron un pasillo mientras me daban palmadas de ánimo en la espalda. Cuando iba a salir de nuestra pequeña zona, mi amigo Gleir corrió hacia mí y deteniéndome me dio un fuerte abrazo.<br />
-Haz lo que sabes hacer compañero-me dijo en un susurro para que no le oyera nadie-. Te veré fuera.<br />
No me atreví a contestarle. Lo que me había pedido era algo que en ningún momento se me había pasado por la cabeza hacer. El único que lo sabía era él, y no era plan de mostrar ese “don” delante de todo Panem, aunque tal vez llegado el momento…<br />
Subí los escalones hasta llegar al escenario, desde aquí arriba pude divisar por completo el Distrito 2. La chica que había subido minutos antes que yo no me hizo mucho caso, se notaba que para ella los juegos ya habían comenzado por la glacial y rápida mirada que me echó. La multitud no paraba de gritar nuestros nombres como si nos viesen de alguna manera vencedores.<br />
Las siguientes horas las recuerdo como algo borroso. Llegamos al Capitolio montados en un coche negro resplandeciente. Me pusieron tan pronto en manos de mis diseñadores y estilistas que no pude admirar con detenimiento lo que veía a mi alrededor. Por decirlo de algún modo estaba en mi burbuja, pero una burbuja asfixiante y débil que explotaría en cualquier momento.<br />
-¿Entonces te podemos rapar el pelo?-preguntó mi diseñadora encantada con mis respuestas que consistían en decir “SI”.<br />
Entonces fue como si me despertase de súbito.<br />
-¡Claro que no!-dije enfadado sujetándome con las manos los mechones castaños que caían por mi cara-. No lo permitiré.<br />
La mujer sonrió abiertamente. A pesar de haber estado en mi mundo durante unas largas horas, me acuerdo de su nombre. Vetaria, así es como se presentó al entrar en la habitación con su vestido multicolor. Fue algo que me distrajo durante un minuto, pero no duró lo bastante para sacarme de mi ensimismamiento.<br />
-Bienvenido &#8211; dijo mientras me cortaba las puntas y me alisaba el cabello-. He llegado a pensar por un momento que eras un robot. Te comportas de un modo extraño.<br />
La miré de mala gana. ¿De un modo extraño? Claro, como no iba a ser ella la que pusiese su vida en peligro por un estúpido juego… Aún así, su sonrisa me tranquilizaba. No me acuerdo del tiempo que llevo sin ver una sonrisa tan preciosa como esta. Es cierto que nosotros sonreímos mucho en el orfanato, pero los responsables nunca lo hacen. Ver algo así me resulta algo desconcertante, y más en mi situación.<br />
-¿Has podido despedirte de tus padres?-me preguntó Kotman, mi asesor de imagen cuando vino a buscarme.<br />
No estaba acostumbrado a este tipo de preguntas, como nos pasamos la infancia dentro del orfanato y la mayoría del tiempo libre no nos dejan salir a la calle, doy por hecho que todos conocen mi realidad.<br />
-No, murieron cuando era pequeño.<br />
-Ah-dijo mientras apuntaba algo en su libreta-. De todas formas la visión de unos padres rotos por el dolor de la pérdida de un hijo no te ayudaría mucho. Será mejor que la gente te vea como un muchacho intrépido que está orgulloso de poder participar en los Juegos del Hambre-su voz gangosa se aclaraba cuando pronunciaba estas últimas palabras, ya lo había comprobado minutos atrás-. Que el público te vea como posible rival de los demás a pesar de ser el más pequeño este año. Diles que no te amedranta la estatura y los músculos de tus contrincantes.<br />
La saliva me pasó difícilmente por la garganta. Aquella información era nueva para mí. La podría haber sabido mucho antes si hubiese preguntado, pero veo que mi cabeza necesitaba tiempo para asentar las ideas. No es que fuese un cobarde, ni mucho menos, pero empezar con desventaja no gusta a nadie. A pesar de ello, las palabras de Geir todavía resonaban en mi cabeza y se me hacía más difícil no pensar en utilizar mi “don” a mi favor. Total, si moría en los juegos no podría utilizarlo después.<br />
Kotman continuaba hablando.<br />
-Di que puedes ganarles con tu inteligencia y unos cuantos ases que escondes bajo la manga. Fuerza no te falta y pareces mayor de lo que eres. ¡Se me acaba de ocurrir una frase!-su emoción no dejaba lugar a dudas-. “Sé que podré ganar. Lo haré por mis padres, ellos estarían muy orgullosos de verme en los juegos. Sé que puedo hacerlo, y lo haré. Os lo demostraré a todos”. ¿Qué te parece?<br />
Mi cara interrogante y medio divertida no era la respuesta que él estaba esperando. Pero se tuvo que contentar.<br />
-Está bien, ¿se te ocurre algo mejor?-preguntó con una mezcla de fastidio y cansancio en la voz.<br />
-Me parece bien lo que has dicho-no quise llevarle la contraria, al fin y al cabo la visión de un chico sin padres da la suficiente ternura y fuerza al público para que apueste por mí. Y con respecto a los patrocinadores…todo a su momento.<br />
-Entonces todo queda claro. Ahora toca saber que harás en la prueba para impresionar a los Vigilantes.<br />
-¿Eso no es dentro de unos días?<br />
Kotman se quedó quieto como una estatua en su asiento.<br />
-Cuando llegaste te dimos unas reglas básicas y una información para que la meditases. ¿Lo has hecho?<br />
No respondí. Comprendió mi silencio y levantándose de un salto dio una patada en el suelo.<br />
-¿En qué estás pensando?-preguntó furioso-. ¿Acaso no quieres patrocinadores? ¿Quieres morir antes de tiempo en los Juegos? Si tú no me ayudas yo no puedo hacer esto solo.<br />
Su voz se apagó tan rápidamente como empezó.<br />
-Está bien, que no cunda el pánico. ¿Cuándo es la prueba? ¿Mañana?-pregunté sabiendo que estaba cavando mi propia tumba.<br />
Kotman miró su reloj.<br />
-Dentro de una hora-sus palabras dolieron más que si alguien me hubiese dado con un martillo en la cabeza-. Y tenemos que ir yendo para allá. Venga- me cogió del brazo para levantarme- inventaremos algo por el camino.<br />
Llegamos justo a tiempo. El Distrito 1 había terminado y ahora era mi turno. No sabía si saldría bien. Le había intentado explicar a Kotman en que consistía mi “don”, pero creo que ha pensado que le estaba tomando el pelo. De todas formas lo intentaré. Es mi última oportunidad.<br />
Entré en la ancha y grisácea sala decorada con diferentes artilugios como hachas, espadas, arcos y flechas…un sinfín de armas que no había pensado que vería nunca. Aunque por supuesto, sabía utilizar los cuchillos diestramente por la cantidad de tiempo libre que tuve en el orfanato el curso anterior.<br />
Caminé hacia el centro de la sala. Notaba como todos los ojos estaban puestos en mí. Eso me gustaba, estaba llevándoles a mi terreno. Vi como tres avox a los que habíamos seleccionado se acercaron a mí y se quedaban a seis metros de distancia. Cada uno cogió un arma diferente. El primero dardos que contenían veneno, el segundo lanzas y el tercero el arco con las flechas.<br />
Cerré los ojos y pude comprobar cómo un murmullo general recorría la habitación. Sonreí haciendo la escena todavía más inquietante. Sabía lo que estarían pensando los Vigilantes, que claramente sufría un episodio de locura transitoria por el estrés de estos últimos días. Pero nada de eso.<br />
Todo el mundo guardó silencio y esperó a ver qué ocurría. Todavía con los ojos cerrados escuché unos fuertes silbidos que se acercaban a mí. Mi cuerpo se movió involuntariamente hacia diferentes lados concentrando en mantener esa danza tan extraña que relacionaba cuerpo y mente. Daba pasos hacia los laterales, estiraba los brazos a ambos lados, los encogía, separaba las piernas…todo ello a un compás que me hacía sentir bien conmigo mismo. Cuando mi cuerpo paró, abrí los ojos lentamente y observé al gentío.<br />
Sus rostros estaban blancos, los ojos todavía se mantenían abiertos de una forma un tanto peculiar. Los tres chicos avox también me miraban fascinados. Me giré instintivamente y observé la pared que había detrás de mí. Los dardos, lanzas y flechas estaban clavados fuertemente. Y yo no tenía ni un solo rasguño.<br />
Dejé escapar una sonrisa tímida. Había conseguido algo que muy pocos habían logrado, sacar un doce en las puntuaciones.</p>
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		<title>Texto 9</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:16:44 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[<p>En un lugar perdido y controlado, tan rebosante de vida y a la vez tan cercano y directo a la muerte que hace que te sientas libre y encerrada al mismo tiempo, y tan sola y desprotegida como vigilada por un público que espera ansioso tu trágico final. Aquí es donde me encuentro.
Es el sexto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En un lugar perdido y controlado, tan rebosante de vida y a la vez tan cercano y directo a la muerte que hace que te sientas libre y encerrada al mismo tiempo, y tan sola y desprotegida como vigilada por un público que espera ansioso tu trágico final. Aquí es donde me encuentro.<br />
Es el sexto día de Los Juegos, de la edición cuyo número me resulta ya casi imposible de pronunciar. Han pasado ya tres años desde aquella totalmente inesperada, histórica y probablemente irrepetible doble victoria del Distrito 12.<br />
Oigo un ruido a mi derecha… Sólo es una ardilla. Toda esta tensión va a acabar conmigo mucho antes que una flecha o una puñalada… No soporto a ninguno de los tributos que están aquí matándose entre ellos, y muchísimo menos a toda esa gentuza que obliga, con gozo, a ver esta masacre a toda persona de todo distrito de Panem. Ni siquiera me soporto a mí misma. Me doy asco, por estar aquí sirviendo de comidilla a mucha gente que casi no tiene qué comer. Quizá esté siendo egoísta. En fin, la mayoría de los que estamos aquí no tuvimos elección, nuestros nombres salieron de la urna y punto. Pero aún así no puedo evitar sentir lo que siento.<br />
No quiero ser un tributo más, por querer ni siquiera quiero ser tributo, pero esto es lo que hay. Así que me conformo con no ser como todos los demás. Mi plan es encontrar un lugar bien oculto donde vivir hasta que todo esto acabe. No quiero matar a nadie. No quiero participar en esto. No quiero darles lo que quieren. No lo tendrán. No de mí.<br />
Las rocas acumuladas que tengo delante de mí no me dejan ver más allá, así que tendré que escalarlas para poder tener una buena panorámica de la isla y situarme. A medida que voy trepando, las afiladas aristas de las rocas me hacen cortes en las manos, lo que dificulta mucho la subida; y según avanzo me da la sensación de que el camino hasta la cima está cada vez más lejos, y la cuesta se me hace más empinada. Al llegar, me dejo caer en el suelo, estoy exhausta. Cuando por fin recupero el aliento, me pongo en pie y contemplo las vistas. Es increíble. Hay naturaleza mires hacia donde mires. Es precioso. Veo a tres de los tributos a través de un hueco entre las copas de los árboles. Están cocinando un par de conejos… Lo que me recuerda que apenas he comido nada desde que entré en la Arena. ¡Me muero de hambre! Por suerte, diviso una pequeña playa no muy lejos de estos acantilados, a la que seguramente pueda acceder gracias a todas las lianas que cuelgan de los árboles que me rodean.<br />
Creo que este es el lugar perfecto para esconderse: puedo ver una buena parte del resto de la isla desde aquí; estoy fuera del alcance de los depredadores –tanto bípedos como cuadrúpedos–, gracias a la empinada cuesta de rocas escarpadas, y traicioneras –porque algunas están un poco sueltas, por lo que no aguantarían un peso mucho mayor al mío–; y, dado que no es agradable estar aquí, por lo menos puedo disfrutar de unas vistas espectaculares. Reviso mi mochila y veo que ya no me quedan provisiones.  Tendré que bajar a pescar. Es una lástima que en esta zona no haya los frutos silvestres a base de los que estos días me he estado alimentando…Está claro que la estancia aquí se me va a hacer muy larga, ya que odio el sabor del pescado –aunque, irónicamente, sepa pescar, por pertenecer al Distrito de la pesca–… Me parece que bajaré ahora mismo, antes de que anochezca.<br />
Otro cañonazo más… Me pongo de pie, y me asomo al borde de los acantilados. Veo un aerodeslizador alejándose, a un par de quilómetros de mi campamento. Dentro de unas horas anunciarán los nombres de los que han muerto hoy.<br />
Bueno, allá voy. Calculo que si me balanceo un poco de esta liana, es posible que pueda alcanzar aquella otra, que me dejará a un par de metros del suelo. &#8220;Venga, Coraline, no pienses en los más de diez metros de altura que  separa de la arena de la playa. Hazlo y punto.&#8221; me digo a mí misma.<br />
Cada vaivén de la liana hace que los dedos se me resbalen y me quemen como si me estuvieran clavando miles de diminutas astillas. No aguanto más el dolor, así que me suelto en un impulso y caigo de espaldas al agua. El contacto de los dedos con el agua helada me alivia al principio, pero el escozor por la sal del agua marina no tarda en dejarse notar. Además, el dolor del impacto contra el agua, al haber caído de golpe, también está presente. El frío me entumece las articulaciones, y por si eso no bastara, no he cogido aire antes de caer. Así que voy perdiendo fuerzas, y me voy hundiendo poco a poco… De repente veo una gran sombra sobre el agua, tiene forma ovalada. Tal vez podría ser… ¡podría ser una lancha! Aun temiendo que se trate de una trampa para hacerme subir a la superficie y rematarme del todo, siento la necesidad de nadar y comprobarlo. Saco fuerzas, no sé muy bien de dónde, y logro sacar la cabeza del agua. Tardo un poco en reaccionar, después de todo lo que me acaba de pasar. Entonces, sin ver aún muy bien –pues los ojos me pican–, me agarro a esta cosa naranja, manteniéndome a flote un tiempo, hasta que por fin la vista se me aclara. ¡Sí, es una lancha!<br />
Nado hasta la orilla, lancha a cuestas. ¿Acaso tengo patrocinadores? Porque no se me ocurre otra explicación posible&#8230; Bueno, queda claro que por lo menos uno tengo. Dentro, hay una caja con vendas para las muchas heri-<br />
das que me hice en las manos desde que llegué.<br />
No creo que se vuelva a presentar la ocasión de usar la lancha, y no la quiero dejar por ahí –su color es tan llamativo que atraería a cualquiera que estuviese en 1 km a la redonda–, o sea que tengo que pensar alguna forma de aprovecharla… Si le quito la segunda capa de lona, la de protección, quizá pueda agujerearla y usarla como red improvisada para pescar… Sí, puede funcionar.<br />
Corto unos troncos y unas lianas con mi cuchillo, y preparo una estructura para sostener la red bajo el agua. Aprovecho y arranco un trozo de corteza de un tronco podrido que encuentro y me decido a coger y machacar con una piedra unos cuantos gusanos –que esparzo dentro de la red con forma de cuenco que he construido– para usar como cebo. Y como garantía, me quito las vendas que me puse hace poco en las manos –pero que sin embargo, ya absorbieron bastante sangre– y las lanzo al centro de la red. Sólo espero que no haga demasiado viento esta noche. Vale, si funciona, ya tengo solucionado el tema de la comida. Volveré mañana a ver si he pescado algo.<br />
Aun a riesgo de que algún tributo me encuentre, tengo que hacer una hoguera. Estoy calada hasta los huesos por todo el tiempo que pasé en el agua, y el frío de la noche tampoco ayuda mucho, la verdad. Mientras la preparo, pienso en cómo darle provecho a lo que queda de la lancha, hasta que por fin se me ocurre qué hacer con ella: una tienda de campaña improvisada y cochambrosa. Y para tapar un poco ese color tan chillón, cubro todo con tierra y hojas. La primera noche de Los Juegos me decanté por pasarla a los pies del volcán, enterrándome de cuello a pies bajo la gravilla y la arena templadas por el calor que los gases desprendían. No era el mejor lugar donde refugiarse, dado que estaba en el centro de la isla; y eso sin contar con la cantidad de gases que inhalé durante tanto tiempo. Y no digamos ya el riesgo a mayores de que a los del Capitolio les hubiese dado por activar el volcán.<br />
El himno comienza, y las fotos de los muertos de hoy le siguen. Somos once. No me acabo de creer que haya llegado hasta este punto. Por lo visto estoy instalada en el mejor sitio posible. Tal vez se hayan olvidado de mi existencia… Ojalá.<br />
Por la mañana, el calor causado por el efecto invernadero del plástico de mi cabaña se hizo insoportable. Así que salí de ahí y me dirigí rápidamente a ver qué había pescado. Esta vez decidí ir a lo seguro, por lo que bajé de mis acantilados por la parte contraria a la playa, justo por donde subí, montada en un &#8220;trineo&#8221; hecho a partir de los trozos de lona que me sobraron. Tardo tres o cuatro horas en rodear la montaña y llegar a la playa. Voy corriendo a comprobar la red. <<genial, sólo 2 peces. Y no demasiado grandes. Me llegarán solo para hoy>>. Uso el &#8220;trineo&#8221; de plástico a modo de saco, meto dentro los dos peces y doy media vuelta para volver a mi refugio. Lo cierto es que esa lancha ha sido lo mejor que me podrían haber enviado. Me ha salvado la vida tres veces: para no morir ahogada, ni de hambre, ni de frío.<br />
Los próximos días fueron de lo peor. Principalmente porque los peces que pescaba estaban o muertos o infectados de pus. Por lo visto, los del Capi-<br />
tolio están intentando forzarme a salir de mi fabuloso escondrijo. ¡Como si las apabullantes aventuras gore de los otros tributos no les fuesen suficientes! Pero no me pienso mover de aquí. Si hace falta moriré de hambre, pero ellos<br />
 no van a decirme lo que tengo que hacer. ¡Que les den!<br />
	De repente hace más calor de lo normal, demasiado calor. No tardo en darme cuenta de que el volcán ha entrado en erupción, y todos los tributos<br />
van saliendo de la nada y vienen corriendo como posesos hacia mis acantilados. La lava va arrasando toda la parte central de la isla, y se expande en todas direcciones. Según se acercan voy escuchando sus gritos pidiendo ayuda para subir la escarpada y resbaladiza colina, aunque prefiero escon-derme tras una roca para no tener que mirarles a los ojos. Sé que si los ayudo a subir me matarán. Son ellos o yo. Cada vez huele más a azufre, así que supongo que la lava está ya muy cerca. Me tapo los oídos. No quiero escuchar sus chillidos agónicos mientras la lava los consume.<br />
Aún recuerdo la reacción de mis abuelos cuando mi nombre salió de la urna. Mi abuela estaba a punto de llorar, sí, pero de orgullo; y mi abuelo estaba aclamándome a grito vivo. En un momento como ése, me habría gustado tener a mi madre cerca, abrazarla y despedirme de ella como es debido. Pero me tuve que conformar con imaginarme cómo habría sido nuestra despedida, si ella aún estuviese conmigo. Nunca tuve la ocasión de despedirme de ella, tal vez ella sí de mí, no lo recuerdo. Yo sólo tenía cinco años cuando ella murió. Lo único que me queda de ella es este colgante en forma de corazón y unos cuantos recuerdos dispersos. A mi padre, sin embargo, ni siquiera lo llegué a conocer. La verdad es que en cierto modo me alegro de que nadie me vaya a echar de menos… Oigo una voz familiar. ¡Es Malcolm! ¡Tengo que ayudarle! Por lo menos uno de los dos sobrevivirá. Además, sólo tiene catorce años, y no soportaría la idea de ganar habiendo dejado morir así a un niño, y de mi propio distrito. Así que corto una de las lianas que me rodean y la ato alrededor de la roca, me asomo al borde de mis acantilados, lo busco con la mirada mientras grito su nombre y en cuanto lo veo me agarro de la liana y voy bajando hasta que le alcanzo. Tras subirle, ninguno sabemos cómo reaccionar ni qué decir. Se supone que ahora nos tenemos que matar, ¿no? Un gran ruido desvía nuestra atención. La lava ya ha rodeado mi pequeña montaña y está cayendo desde el precipicio al mar. ¿Y ahora qué? No tengo la más mínima intención de matar a un niño. Y tampoco parece que él se vea capaz de matar a nadie… Así que empiezo a negociar con él. Al cabo de unos minutos llegamos a un acuerdo. No puedo mirarle a la cara después del trato que acabamos de cerrar. Sólo es un niño. Pero es la única salida. Queremos hacer historia de manera digna y respetable, no como un ganador más. Le cojo la mano, y caminamos juntos hasta el borde del acantilado. En un impulso, me acerco a él y le doy un largo y buen abrazo.<br />
— No mires abajo— le susurro, y acto seguido le agarro fuerte la mano. En sus ojos no veo sólo miedo, sino afán de hacerse respetar, de dar una lección. Es un niño muy maduro para su edad. —¡No somos vuestros!<br />
Al caer al agua, noto como la lava condensada me abrasa hasta la más minúscula parte de mi cuerpo. Los ojos me arden, aunque me parece ver, de forma borrosa, la mano de Malcolm hundiéndose lentamente. Por lo menos ha sido rápido. Hasta que ya no siento nada, y me dejo llevar…<br />
Poco a poco los sonidos que hay a mi alrededor me van envolviendo, aunque nunca llegan a ser del todo audibles; sólo escucho los más cercanos a mí, como los continuos pitidos de lo que parece ser una máquina, o la voz del hombre que me está hablando –y que no reconozco–.<br />
Noto que se acerca a mí y me toca el cuello. Sus dedos están fríos, y<br />
 tiemblan, al igual que su voz. Me doy cuenta de que no está tocando mi cuello, sino el colgante de mamá. El hombre, que por alguna razón permanece a mi lado, me está hablando, pero su voz va y viene. Cada vez le oigo más flojo, y cada vez siento menos mi cuerpo. Sé que se está lamentando por su tono de voz, pero sólo consigo entender algunas palabras.<br />
–… lo siento… no debería… un cobarde… verte así… no puedo… cómo habría sido todo si… no ha pasado un día… aquella noche… tal vez… no sé cómo…– pasa un tiempo y no dice nada, pero me da la impresión de que está llorando– lo siento… no sirve… pero… no lo sabía…ese collar por la tele… tus pecas… ella… me di cuenta… soy un monstruo… tienes todo el derecho… perdóname… Yo del Capitolio… ella de un distrito… diferentes mundos…<br />
Sé que dice más cosas, porque oigo su voz, pero ya no soy capaz de entender lo que dice. Sin embargo, no necesito que diga nada más. Necesito verle… ¡Quiero conocer su cara! ¡Papá! … Pero mis ojos no me responden… ¡Lo veo todo gris, sólo soy capaz de percibir los focos de luz, pero no veo nada! ¡Estoy ciega!&#8230; ¡Papá! … Se acerca a mí, me besa la frente y noto que se aleja… Quiero agarrarle, pero para cuando mis manos reaccionan, él ya se ha incorporado. ¡Papá, espera! ¡No! ¡Papá! ¡Por favor, no me dejes!… Estoy gritando a pleno pulmón, pero nadie me oye. Una lágrima cae por mi mejilla, justo cuando la puerta se cierra.<br />
Se acabó. Se ha ido. Nunca sabré quién era mi padre. Y él nunca sabrá que le estaba escuchando, que ahora lo sé todo.<br />
Mi mente se va adentrando en un remolino oscuro, sin salida. Y después, absolutamente nada. Ya sólo me queda la muerte, y la recibo estoica-mente.</p>
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		<title>Texto 10</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2007 18:15:13 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[ConcursoNuevaYork]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>La plaza está llena. Siento a mi alrededor un sentimientos de miedo. Yo también lo tengo. Miro a mi alrededor. Veo caras conocidas pero algunas que me resulta extrañas. Rezo para que sean ellas las que salgas elegidas. Todas tenemos quince años. Una edad que nos permite saborear una esperanza para algunos imposible. Delante de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La plaza está llena. Siento a mi alrededor un sentimientos de miedo. Yo también lo tengo. Miro a mi alrededor. Veo caras conocidas pero algunas que me resulta extrañas. Rezo para que sean ellas las que salgas elegidas. Todas tenemos quince años. Una edad que nos permite saborear una esperanza para algunos imposible. Delante de mi se agrupa una multitud pero puedo ver el Edificio de Justicia y la tribuna que se ha levantado<br />
delante. De repente toda la plaza queda en silencio. Sé que ellos ya están aquí. Después unos momentos de inquietud colectiva el alcalde aparece acompañado de dos personas que no reconozco. Uno de ello es un miembro del Capitolio. Sé que no me ve pero aún así me encojo sobre mi misma. Con voz monocorde el alcalde comienza a relatar la historia de la creación de Panem marcada por el fuego y la sangre.<br />
Me pierdo en mis temores y no presto atención a nada salvo a intentar localizar a mi hermano. Vuelvo a la realidad por culpa de un grito.</p>
<p>¡Felices Juegos del Hambre! Grita uno de los desconocidos. El alcalde se acerca a una urna llena de papeles blancos. Mete la mano. Le da unas vueltas. Coge una y la saca.<br />
Con voz clara dice un nombre.<br />
- Elein Denbery<br />
Soy yo. Durante instante pienso que se ha equivocado. Miro a mi alrededor a ver si otra adolescente con mi mismo nombre comienza a caminar hacia la tribuna. Imposible. Soy yo. Lo sé por el vacío que se hace a mi alrededor. Comienzo a caminar y antes de que me de cuenta estoy delante de una multitud silenciosa, mientras el alcalde sonríe con satisfacción.<br />
- ¡Una elección excelente!- grita mientras me observa.<br />
Luego introduce la mano en otra urna y saca otra papeleta. Rezo para que no sea John. Mi hermano.<br />
- Marcus Skinner.<br />
No sé quien es. Pronto aparece un chico alto y de pelo negro. Es de los mayores. Tiene más posibilidades que yo. No parece atemorizado. Eso me asusta más. Comienzo a pensar en una estrategia pero no se me ocurre nada. El alcalde habla pero no le presto atención. Cuando todo acaba un hombre me coge del brazo y comienza a arrastrarme hacia el Edificio de Justicia. Es la primera vez que entro y me quedo asombrada por el vestíbulo con bellas decoraciones. Pero no tengo tiempo para completarlas ya que me<br />
arrastran hasta un pequeño cuarto. Como no sé qué empiezo a dar vueltas y a curiosear entre la grandeza de lo que veo. Detrás de unas cortinas hay una gran ventana. Me dirijo hacia ella y observo lo que ocurre en el exterior. La plaza se está quedando vacía. Las mayorías de las familias habrán respirado tranquilas. Una año más sus hijos estarán a salvo. La puerta se abre y entran mis padres y mi hermano John. Mi madre está llorando.<br />
Es la primera vez que la veo así. Me abraza y me dice que todo irá bien. Pero sé que miente. He visto los Juegos. Nos abrazamos hasta que vuelve a entrar el hombre que me arrastró hasta la habitación y nos dice que el tiempo se ha acabado. Beso a mi padre, a mi madre y por último a John.<br />
Empiezo a pensar en mis posibilidades. Se me da bien nadar, soy rápida y tengo la mente despierta. Pero mi fuerza es escasa comparada con la de los chicos. Dado que el escenario de los Juegos mi habilidad para adaptarme a todo tipo de situaciones puede ser mi gran ventaja.<br />
Una mujer que no conozco me pide que la siga. No protesto. Salimos de Palacio de Justicia y entro en un enorme coche. Pronto llegamos a la estación de tren. Allí me encuentro rodeada de cámaras que siguen todos mis pasos. A lo lejos veo que el chico que comparte mi suerte está también en la estación. No tenemos que esperar mucho para la llegada del tren. Una vez dentro recorro varios pasillos estrechos hasta llegar a un cuarto. La mujer que dice que estaré aquí hasta que lleguemos a nuestro destino. Me indica donde está el servicio que tiene además una ducha y que en los cajones hay ropa que me puedo poner.<br />
Pasan unas horas hasta que vuelve la mujer. Resulta curioso pero no sé su nombre. Se lo pregunto. Se llama Annie. Pienso que no es un nombre adecuado para ella. Me lleva en silencio hacia una habitación alargada que reconozco enseguida por los olores. Estamos en el comedor. Allí está el otro jugador. Al igual que yo se ha cambiado de ropa. Annie me dice que me siente delante de él y así lo hago. Comenzamos a comer en silencio. En un<br />
momento Annie nos deja solos.<br />
- ¿Tienes alguna estrategia?<br />
Le miro su rostro. Tiene ojos azules y una mandíbula cuadrada. Bertie mi mejor amiga diría que era guapo.<br />
- No. ¿Y tú? &#8211; le pregunto entre bocado y bocado.<br />
- Este era mi último año para poder salir seleccionado. Tengo una estrategia desde los diez años- confiesa.<br />
Lo miro con curiosidad. No sé si lo que ha dicho es verdad o está intentado que tenga miedo para no ser una rival una vez que comiencen los juegos.<br />
- Yo tengo una estrategia desde hace diez minutos – me atrevo a mentirle.<br />
Sonrie. Sabe que miento pero le da igual. A mi también. Pero él tiene razón debo empezar a pensar como salir viva de los Juegos. Sé cuáles son mis opciones. Son pocas, pero si soy lista puede que tenga alguna posibilidad. Lo que tengo claro es que no podré hacer ningún plan que tenga sentido hasta que vea donde se desarrollarán los Juegos.<br />
También me pregunto cómo nos disfrazarán. Somos del Distrito seis. Una zona pesquera donde el marisco es lo más destacado y lo que enviamos a la capital.<br />
Sonrió con fastidio.<br />
- ¿ Por qué sonríes? &#8211; me pregunta Marcus.<br />
- No quiero que me vistan como una langosta. &#8211; le respondo<br />
Él se ríe con una carcajada profunda que le provoca un acceso de tos. Pienso que quizá pueda ganar intentando matar de risa a mis contrincantes. Pero creo que no funcionaria.<br />
Durante unos momentos nos miramos a los ojos. Él tiene una estrategia. Yo no tengo nada más que una vana ilusión de que todo puede ir bien. Me acuerdo de una frase que me repetía muchas veces mi abuelo: la suerte está a favor de los valientes y los locos.<br />
Tendré que ser valiente. Y creo que ya estoy loca si pienso que saldré de esta.</p>
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