HardLove, habitual comentarista del blog, ha escrito un fanfic sobre la muerte de Clove narrada desde la perspectiva de Cato.

“Apoyo firmemente la idea de que Cato, al igual que todos los otros tributos, era más de lo que Katniss acertó a ver; y los Profesionales, con toda su preparación, no son la excepción. Creo de verdad que la muerte de Clove fue un antes y un después en la forma de ver Cato los Juegos del Hambre”, cuenta la tributo.

“Cato monta guardia en la parte sur del llano, escondido tras unos matorrales desde el cual poder espiar los movimientos de cualquier contrincante. Sin embargo, no tiene ni la mitad de la mente ppuestas en la tarea, porque en realidad lo que está haciendo es tratar, con ahínco, de agudizar el oído y capturar por ese sentido todo lo que ocurre en el banquete. De pronto se oye un chillido estridente con su nombre; un CATO, que le pone las manos tensas, la cara roja, la lanza en sable, y una sola palabra en mente: Clove, Clove y Clove. Sabía que tendría que haber ido él a la invitación, dejar que fuera ella quien se ocultase montando guardia, porque almenos así no pasaría tanto peligro. Que aunque hubiese ganado ella el derecho a ese puesto en un -piedra, papel, tijera-, insistir y persistir habría sido su mayor baza de convicción. Pasar de sus herramientas de gladiadora, de su mirada suplicante, y permanecer en un contundente y rotundo no. Sin embargo, es el sofocado ¡Clove!, ¡voy, ya voy!, el que repite para sosegarse, para relentecer el goteo frustrante del pánico en la sangre, para controlar el salado sabor de la culpabilidad, que circula por todo su rostro, marcando los agigantados pasos que da en la carrera contra el tiempo, el nado a ciegas en el espumeante rastro de la zozobra.

Corre, sólo corre, tienes que llegar para salvarla, –se dice con notable congoja. El terror se despliega por todo su pecho, como una manta echada en pleno verano, asfixiante, aprisionante, desesperante.

Al llegar al sitio del banquete, ve una trenza morena que se aleja zigzagueando en unos pasos tambaleantes, y al chico del 11 metiéndose decidido entre las ramas de unos árboles, llevando consigo dos grandes y bamboleantes mochilas sobre el hombro. Sin embargo, lo que más atrae su vista no es la huida de sus competidores, sino la visión de Clove retorciéndose en el suelo, aquejada de una mortal herida que corona toda su sien.

Desesperado, ordena a sus piernas a ir más rápido. Izquierda derecha, izquierda derecha…, date prisa, tienes que llegar a socorrerla. Izqierda derecha,izquierda derecha…, venga, vamos, no puedes fallarla.

Al llegar junto a ella y ver toda la situación, lo primero que siente es miedo. Mucho miedo. Por la chica que yace laxa a sus pies. Rabia. Mucha rabia. Porque todos, al final, se atreven a abandonarle. Celos. Muchos celos; por los falsos amantes, que al parecer, consiguen salvarse una vez más mientras él se queda solo en este terreno infernal. Odio. Mucho odio; por Thresh, que huye con su mochila, sus recursos, con la vida de Clove. Y odio por Clove, sobre todo por ella, porque prefiere tumbarse, quejarse y no aguantar, en lugar de levantarse, sonreír, y ayudarle a ganar.

De repente sus pestañas tiemblan, titilantes, como luces parpadeantes a punto de fundirse. Finalmente, consigue abrir los ojos y le ve ahí de pie, como la estatua de un Adonis perdido. Mueve los labios tratando de decirle algo, pero la voz le sale tan débil, que ni ella misma se oye hablar. Sin embargo Cato nota su intento, y se arrodilla ante ella para captar su balbuceo.

-Gra-gra-gracias por estar aquí conmigo. Al final, aunque no era eso lo quepretendía, has acabado siendo mi a-a-a-migo.

Clove le coge las manos y sonríe con los ojos, con los labios, con las manos. Manos, que tratan de hablar porque las palabras no pueden salir más. Manos, que aprietan sin dañar, porque la fuerza le abandona sin poderlo evitar. Manos, que confían y depositan sobre ellos su último aliento vital. Manos que gruñen, agradecen, riñen, fortalecen…, manos, que simplemente se despiden.

Y entonces Cato, el gigante, bruto y orgulloso Cato, el lancero obsesivo de la seguridad, el lanzador que hasta entonces nunca se separaba de su afilada y mortal hoja, el alanceador de lanzas por excelencia, se desprende de lo que hasta ahora en Los Juegos era su tercer brazo, su arma, tirándola a un lado como si le quemase, desprotegiéndose voluntariamente.”

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