En un lugar perdido y controlado, tan rebosante de vida y a la vez tan cercano y directo a la muerte que hace que te sientas libre y encerrada al mismo tiempo, y tan sola y desprotegida como vigilada por un público que espera ansioso tu trágico final. Aquí es donde me encuentro.
Es el sexto día de Los Juegos, de la edición cuyo número me resulta ya casi imposible de pronunciar. Han pasado ya tres años desde aquella totalmente inesperada, histórica y probablemente irrepetible doble victoria del Distrito 12.
Oigo un ruido a mi derecha… Sólo es una ardilla. Toda esta tensión va a acabar conmigo mucho antes que una flecha o una puñalada… No soporto a ninguno de los tributos que están aquí matándose entre ellos, y muchísimo menos a toda esa gentuza que obliga, con gozo, a ver esta masacre a toda persona de todo distrito de Panem. Ni siquiera me soporto a mí misma. Me doy asco, por estar aquí sirviendo de comidilla a mucha gente que casi no tiene qué comer. Quizá esté siendo egoísta. En fin, la mayoría de los que estamos aquí no tuvimos elección, nuestros nombres salieron de la urna y punto. Pero aún así no puedo evitar sentir lo que siento.
No quiero ser un tributo más, por querer ni siquiera quiero ser tributo, pero esto es lo que hay. Así que me conformo con no ser como todos los demás. Mi plan es encontrar un lugar bien oculto donde vivir hasta que todo esto acabe. No quiero matar a nadie. No quiero participar en esto. No quiero darles lo que quieren. No lo tendrán. No de mí.
Las rocas acumuladas que tengo delante de mí no me dejan ver más allá, así que tendré que escalarlas para poder tener una buena panorámica de la isla y situarme. A medida que voy trepando, las afiladas aristas de las rocas me hacen cortes en las manos, lo que dificulta mucho la subida; y según avanzo me da la sensación de que el camino hasta la cima está cada vez más lejos, y la cuesta se me hace más empinada. Al llegar, me dejo caer en el suelo, estoy exhausta. Cuando por fin recupero el aliento, me pongo en pie y contemplo las vistas. Es increíble. Hay naturaleza mires hacia donde mires. Es precioso. Veo a tres de los tributos a través de un hueco entre las copas de los árboles. Están cocinando un par de conejos… Lo que me recuerda que apenas he comido nada desde que entré en la Arena. ¡Me muero de hambre! Por suerte, diviso una pequeña playa no muy lejos de estos acantilados, a la que seguramente pueda acceder gracias a todas las lianas que cuelgan de los árboles que me rodean.
Creo que este es el lugar perfecto para esconderse: puedo ver una buena parte del resto de la isla desde aquí; estoy fuera del alcance de los depredadores –tanto bípedos como cuadrúpedos–, gracias a la empinada cuesta de rocas escarpadas, y traicioneras –porque algunas están un poco sueltas, por lo que no aguantarían un peso mucho mayor al mío–; y, dado que no es agradable estar aquí, por lo menos puedo disfrutar de unas vistas espectaculares. Reviso mi mochila y veo que ya no me quedan provisiones. Tendré que bajar a pescar. Es una lástima que en esta zona no haya los frutos silvestres a base de los que estos días me he estado alimentando…Está claro que la estancia aquí se me va a hacer muy larga, ya que odio el sabor del pescado –aunque, irónicamente, sepa pescar, por pertenecer al Distrito de la pesca–… Me parece que bajaré ahora mismo, antes de que anochezca.
Otro cañonazo más… Me pongo de pie, y me asomo al borde de los acantilados. Veo un aerodeslizador alejándose, a un par de quilómetros de mi campamento. Dentro de unas horas anunciarán los nombres de los que han muerto hoy.
Bueno, allá voy. Calculo que si me balanceo un poco de esta liana, es posible que pueda alcanzar aquella otra, que me dejará a un par de metros del suelo. “Venga, Coraline, no pienses en los más de diez metros de altura que separa de la arena de la playa. Hazlo y punto.” me digo a mí misma.
Cada vaivén de la liana hace que los dedos se me resbalen y me quemen como si me estuvieran clavando miles de diminutas astillas. No aguanto más el dolor, así que me suelto en un impulso y caigo de espaldas al agua. El contacto de los dedos con el agua helada me alivia al principio, pero el escozor por la sal del agua marina no tarda en dejarse notar. Además, el dolor del impacto contra el agua, al haber caído de golpe, también está presente. El frío me entumece las articulaciones, y por si eso no bastara, no he cogido aire antes de caer. Así que voy perdiendo fuerzas, y me voy hundiendo poco a poco… De repente veo una gran sombra sobre el agua, tiene forma ovalada. Tal vez podría ser… ¡podría ser una lancha! Aun temiendo que se trate de una trampa para hacerme subir a la superficie y rematarme del todo, siento la necesidad de nadar y comprobarlo. Saco fuerzas, no sé muy bien de dónde, y logro sacar la cabeza del agua. Tardo un poco en reaccionar, después de todo lo que me acaba de pasar. Entonces, sin ver aún muy bien –pues los ojos me pican–, me agarro a esta cosa naranja, manteniéndome a flote un tiempo, hasta que por fin la vista se me aclara. ¡Sí, es una lancha!
Nado hasta la orilla, lancha a cuestas. ¿Acaso tengo patrocinadores? Porque no se me ocurre otra explicación posible… Bueno, queda claro que por lo menos uno tengo. Dentro, hay una caja con vendas para las muchas heri-
das que me hice en las manos desde que llegué.
No creo que se vuelva a presentar la ocasión de usar la lancha, y no la quiero dejar por ahí –su color es tan llamativo que atraería a cualquiera que estuviese en 1 km a la redonda–, o sea que tengo que pensar alguna forma de aprovecharla… Si le quito la segunda capa de lona, la de protección, quizá pueda agujerearla y usarla como red improvisada para pescar… Sí, puede funcionar.
Corto unos troncos y unas lianas con mi cuchillo, y preparo una estructura para sostener la red bajo el agua. Aprovecho y arranco un trozo de corteza de un tronco podrido que encuentro y me decido a coger y machacar con una piedra unos cuantos gusanos –que esparzo dentro de la red con forma de cuenco que he construido– para usar como cebo. Y como garantía, me quito las vendas que me puse hace poco en las manos –pero que sin embargo, ya absorbieron bastante sangre– y las lanzo al centro de la red. Sólo espero que no haga demasiado viento esta noche. Vale, si funciona, ya tengo solucionado el tema de la comida. Volveré mañana a ver si he pescado algo.
Aun a riesgo de que algún tributo me encuentre, tengo que hacer una hoguera. Estoy calada hasta los huesos por todo el tiempo que pasé en el agua, y el frío de la noche tampoco ayuda mucho, la verdad. Mientras la preparo, pienso en cómo darle provecho a lo que queda de la lancha, hasta que por fin se me ocurre qué hacer con ella: una tienda de campaña improvisada y cochambrosa. Y para tapar un poco ese color tan chillón, cubro todo con tierra y hojas. La primera noche de Los Juegos me decanté por pasarla a los pies del volcán, enterrándome de cuello a pies bajo la gravilla y la arena templadas por el calor que los gases desprendían. No era el mejor lugar donde refugiarse, dado que estaba en el centro de la isla; y eso sin contar con la cantidad de gases que inhalé durante tanto tiempo. Y no digamos ya el riesgo a mayores de que a los del Capitolio les hubiese dado por activar el volcán.
El himno comienza, y las fotos de los muertos de hoy le siguen. Somos once. No me acabo de creer que haya llegado hasta este punto. Por lo visto estoy instalada en el mejor sitio posible. Tal vez se hayan olvidado de mi existencia… Ojalá.
Por la mañana, el calor causado por el efecto invernadero del plástico de mi cabaña se hizo insoportable. Así que salí de ahí y me dirigí rápidamente a ver qué había pescado. Esta vez decidí ir a lo seguro, por lo que bajé de mis acantilados por la parte contraria a la playa, justo por donde subí, montada en un “trineo” hecho a partir de los trozos de lona que me sobraron. Tardo tres o cuatro horas en rodear la montaña y llegar a la playa. Voy corriendo a comprobar la red. <>. Uso el “trineo” de plástico a modo de saco, meto dentro los dos peces y doy media vuelta para volver a mi refugio. Lo cierto es que esa lancha ha sido lo mejor que me podrían haber enviado. Me ha salvado la vida tres veces: para no morir ahogada, ni de hambre, ni de frío.
Los próximos días fueron de lo peor. Principalmente porque los peces que pescaba estaban o muertos o infectados de pus. Por lo visto, los del Capi-
tolio están intentando forzarme a salir de mi fabuloso escondrijo. ¡Como si las apabullantes aventuras gore de los otros tributos no les fuesen suficientes! Pero no me pienso mover de aquí. Si hace falta moriré de hambre, pero ellos
no van a decirme lo que tengo que hacer. ¡Que les den!
De repente hace más calor de lo normal, demasiado calor. No tardo en darme cuenta de que el volcán ha entrado en erupción, y todos los tributos
van saliendo de la nada y vienen corriendo como posesos hacia mis acantilados. La lava va arrasando toda la parte central de la isla, y se expande en todas direcciones. Según se acercan voy escuchando sus gritos pidiendo ayuda para subir la escarpada y resbaladiza colina, aunque prefiero escon-derme tras una roca para no tener que mirarles a los ojos. Sé que si los ayudo a subir me matarán. Son ellos o yo. Cada vez huele más a azufre, así que supongo que la lava está ya muy cerca. Me tapo los oídos. No quiero escuchar sus chillidos agónicos mientras la lava los consume.
Aún recuerdo la reacción de mis abuelos cuando mi nombre salió de la urna. Mi abuela estaba a punto de llorar, sí, pero de orgullo; y mi abuelo estaba aclamándome a grito vivo. En un momento como ése, me habría gustado tener a mi madre cerca, abrazarla y despedirme de ella como es debido. Pero me tuve que conformar con imaginarme cómo habría sido nuestra despedida, si ella aún estuviese conmigo. Nunca tuve la ocasión de despedirme de ella, tal vez ella sí de mí, no lo recuerdo. Yo sólo tenía cinco años cuando ella murió. Lo único que me queda de ella es este colgante en forma de corazón y unos cuantos recuerdos dispersos. A mi padre, sin embargo, ni siquiera lo llegué a conocer. La verdad es que en cierto modo me alegro de que nadie me vaya a echar de menos… Oigo una voz familiar. ¡Es Malcolm! ¡Tengo que ayudarle! Por lo menos uno de los dos sobrevivirá. Además, sólo tiene catorce años, y no soportaría la idea de ganar habiendo dejado morir así a un niño, y de mi propio distrito. Así que corto una de las lianas que me rodean y la ato alrededor de la roca, me asomo al borde de mis acantilados, lo busco con la mirada mientras grito su nombre y en cuanto lo veo me agarro de la liana y voy bajando hasta que le alcanzo. Tras subirle, ninguno sabemos cómo reaccionar ni qué decir. Se supone que ahora nos tenemos que matar, ¿no? Un gran ruido desvía nuestra atención. La lava ya ha rodeado mi pequeña montaña y está cayendo desde el precipicio al mar. ¿Y ahora qué? No tengo la más mínima intención de matar a un niño. Y tampoco parece que él se vea capaz de matar a nadie… Así que empiezo a negociar con él. Al cabo de unos minutos llegamos a un acuerdo. No puedo mirarle a la cara después del trato que acabamos de cerrar. Sólo es un niño. Pero es la única salida. Queremos hacer historia de manera digna y respetable, no como un ganador más. Le cojo la mano, y caminamos juntos hasta el borde del acantilado. En un impulso, me acerco a él y le doy un largo y buen abrazo.
— No mires abajo— le susurro, y acto seguido le agarro fuerte la mano. En sus ojos no veo sólo miedo, sino afán de hacerse respetar, de dar una lección. Es un niño muy maduro para su edad. —¡No somos vuestros!
Al caer al agua, noto como la lava condensada me abrasa hasta la más minúscula parte de mi cuerpo. Los ojos me arden, aunque me parece ver, de forma borrosa, la mano de Malcolm hundiéndose lentamente. Por lo menos ha sido rápido. Hasta que ya no siento nada, y me dejo llevar…
Poco a poco los sonidos que hay a mi alrededor me van envolviendo, aunque nunca llegan a ser del todo audibles; sólo escucho los más cercanos a mí, como los continuos pitidos de lo que parece ser una máquina, o la voz del hombre que me está hablando –y que no reconozco–.
Noto que se acerca a mí y me toca el cuello. Sus dedos están fríos, y
tiemblan, al igual que su voz. Me doy cuenta de que no está tocando mi cuello, sino el colgante de mamá. El hombre, que por alguna razón permanece a mi lado, me está hablando, pero su voz va y viene. Cada vez le oigo más flojo, y cada vez siento menos mi cuerpo. Sé que se está lamentando por su tono de voz, pero sólo consigo entender algunas palabras.
–… lo siento… no debería… un cobarde… verte así… no puedo… cómo habría sido todo si… no ha pasado un día… aquella noche… tal vez… no sé cómo…– pasa un tiempo y no dice nada, pero me da la impresión de que está llorando– lo siento… no sirve… pero… no lo sabía…ese collar por la tele… tus pecas… ella… me di cuenta… soy un monstruo… tienes todo el derecho… perdóname… Yo del Capitolio… ella de un distrito… diferentes mundos…
Sé que dice más cosas, porque oigo su voz, pero ya no soy capaz de entender lo que dice. Sin embargo, no necesito que diga nada más. Necesito verle… ¡Quiero conocer su cara! ¡Papá! … Pero mis ojos no me responden… ¡Lo veo todo gris, sólo soy capaz de percibir los focos de luz, pero no veo nada! ¡Estoy ciega!… ¡Papá! … Se acerca a mí, me besa la frente y noto que se aleja… Quiero agarrarle, pero para cuando mis manos reaccionan, él ya se ha incorporado. ¡Papá, espera! ¡No! ¡Papá! ¡Por favor, no me dejes!… Estoy gritando a pleno pulmón, pero nadie me oye. Una lágrima cae por mi mejilla, justo cuando la puerta se cierra.
Se acabó. Se ha ido. Nunca sabré quién era mi padre. Y él nunca sabrá que le estaba escuchando, que ahora lo sé todo.
Mi mente se va adentrando en un remolino oscuro, sin salida. Y después, absolutamente nada. Ya sólo me queda la muerte, y la recibo estoica-mente.