Este año el Capitolio no iba a permitir que ocurriese nada parecido a lo
sucedido con los tributos del Distrito 12. No habían sufrido una humillación semejante jamás; ni siquiera cuando se revelaron los distritos, porque esa vez pudieron humillarlos y saciar su ansia de venganza arrasando el Distrito 13 y elevándose más aún sobre los otros. Sin embargo en esa ocasión tuvieron que quedarse de brazos cruzados mientras esos dos mocosos se salían con la suya delante de sus narices y ante todo Panem. Pero este año tenían un plan infalible que acabaría con cualquier rumor que pudiese haber surgido sobre los Juegos del Hambre. Es cierto que habían proporcionado un buen espectáculo y una buena audiencia, pero romper las normas y poner al Capitolio en evidencia había provocado comentarios de desdén entre el publico, sugiriendo que ya no eran lo mismo, que eran más benevolentes. El Capitolio ya tenía suficiente experiencia en mutación, como habían demostrado, por lo que no supondría ningún problema llevar a cabo el plan que tenían en mente.
La familia de Lizard Shine era de clase media, una clase social que sólo existía dentro del Distrito 1. No eran muy pobres, aunque tampoco podían permitirse decir que vivían bien acomodados. Simplemente no pasaban hambre, por lo que se encontraban satisfechos y agradecidos. El padre de Lizard era el supervisor en una de las oficinas encargadas de controlar la producción de diamantes. Ese empleo le permitía simpatizar con algunos personajes célebres del Distrito 1, que se codeaban con el Capitolio; pero ese mismo puesto le podía suponer unas cuantas cosas desagradables si sus superiores no estaban satisfechos, lo que le hacía rogar cada día que realmente se hubiese suprimido la tortura dentro de las leyes impuestas por el Capitolio. Quizás esa era la razón por la que mostraba una personalidad enormemente desagradable con su familia desde el nacimiento de su primer y único hijo, o quizás simplemente odiaba a Lizard. Él se decantaba por esta ultima opción, por lo que solía evitar a su padre desde que descubrió que jamás podría contar con él. Sin embargo la verdad era que el señor Shine tenía envidia de su hijo, de que él no fuese ya el único en la vida de su esposa, de que pudiese llegar a triunfar más que él en la vida o de que llegase a ser más inteligente. La madre de Lizard, Daisy, siempre intentó cubrir ese hueco con más amor del necesario, pero sólo conseguía agobiar a su hijo. Ella había sido la que había elegido su nombre: Flower-Lizard. Y lo había elegido porque de pequeña su padre siempre le hablaba de que una vez había visto estrellas de mar, lo más bonito y maravilloso del mundo, pero lo mas parecido que había podido enseñarle a su hija había sido una flor de lagarto. Y no le pareció adecuado llamarle a su hijo Starfish. La verdad es que no le gustaba que su hijo fuese diciendo por ahí que se llamaba simplemente Lizard, pero él se sentía avergonzado de revelar su nombre completo. Por ese motivo Daisy siempre lo llamaba Flowzard sólo cuando nadie más podía escucharlos, lo que no era extraño, ya que Daisy siempre estaba en casa, por orden estricta de su marido y solamente salía a hacer algún recado. Lizard no destacaba en casi nada, únicamente era experto en escabullirse, lo que iba muy acorde con su nombre. También es cierto que apenas era capaz de hacer amigos. Era muy tímido y se le solía fruncir el ceño con facilidad y contra su voluntad, por lo que daba la sensación de que era un poco huraño. Aún así conseguía que se le acercase la gente, aunque no para quedarse, gracias a aquellos ojos iguales a los de su madre. Eran los ojos más bonitos de todo Panem: dulces, delicados, marrones aunque casi podían ser negros, sonrientes, asustadizos a la vez que imponentes y muy inquietos. Todo el mundo llamaba la atención de Lizard para poder ver sus preciosos ojos, aunque no se atrevían a entablar una amistad con él. Lizard era atlético, de espalda ancha y brazos fuertes, aunque aparentemente delicados. Su pelo iba a juego con sus profundos ojos y lo dejaba caer a su gusto por la frente por tenerla un poco ancha. Sus manos eran finas, pero ya estaban agrietadas por el trabajo de los entrenamientos para los Juegos del Hambre. Porque en el Distrito 1 y quizás en alguno más, los candidatos a tributos se preparaban especialmente para salir ganadores en los Juegos. La verdad es que casi siempre lo conseguían, salvo casos especiales como lo sucedido en los últimos Juegos del Hambre. Todo el Distrito 1 quedó horrorizado al ver que los dos tributos del Distrito 12 salían con vida de los Juegos. Pero Lizard se alegraba enormemente en el fondo de su corazón y estaba seguro de los demás sentían lo mismo que él y trataban de ocultarlo. La contrapartida era que esa doble victoria había apagado los ánimos de ganar este año o encendido las ansias de superarlos y proclamarse vencedores entre sus compañeros. En cualquier caso, Lizard no compartía ninguno de esos sentimientos. No era normal en su Distrito ni en ninguno, pero él quería ser elegido tributo para poder caer en el campo de batalla y no tener que volver a su vida de siempre, por la que sentía verdadero hastío. Lo había decidido hacía mucho tiempo. No quería volver a su casa para encontrarse: a su madre dominada por su padre, muriéndose de asco en casa sin hacer nada; a su padre, para el que era invisible; a los tediosos y agotadores entrenamientos diarios; a sus domingos sin amigos, encerrado en casa; ni tampoco ver cómo el Capitolio mataba a su pueblo a desgracias mientras en la ciudad vivían ricamente. Este año era su última oportunidad para salir elegido tributo y, si no salía su nombre en la urna, se presentaría voluntario.
Todo estaba listo en el Capitolio. El presidente Snow había sentenciado que los tributos del Distrito 1 serían los elegidos para llevar a cabo el experimento que se traían entre manos, sin posibilidad de revocarlo.
Sentado en el sillón de su despacho, bien acomodado y con una sonrisa helada en sus labios, observó con atención a sus conejillos de indias.
Primer nombre: Layla Smith.
Segundo nombre: Flower-Lizard Shine.
En el fuero interno de Lizard un suspiro de felicidad se abrió paso por su pecho. No era necesario presentarse voluntario ni dar explicaciones. Subió dignamente las escaleras, saludó amablemente a las personas que ya lo esperaban en el escenario y buscó entre el público a una única persona.
Daisy intentó guardar la compostura estoicamente mientras su mundo se desvanecía con el anuncio del nombre de su hijo. Aún así, una lágrima corrió veloz por su bonita cara de porcelana y llegó hasta su cuello antes de que pudiera detenerla. Su vida, su mundo, su niño, su pequeño Flowzard, su felicidad… se despedían de ella.
Lizard comenzó a sentirse tremendamente mal por haber tenido una sensación de alivio al ser escogido tributo cuando vio la mirada de desesperación de su madre. No contaba con ello. ¿Acaso no se sentían orgullosas las familias de quienes marchaban a los Juegos? ¿No había visto felicidad en sus rostros? ¿Por qué no sucedía lo mismo con su madre? No soportaba verla sufrir allí, quería abrazarla y decirle que todo estaba bien, no verla sola. Y su padre, perdido entre la multitud… ni siquiera lo estaba mirando directamente.
En el momento de despedirse, en aquella sala que le resultaba tan fría, Lizard buscaba las palabras para consolar a su madre. Estaba sentada a su lado, sin mover un músculo, mirando a su hijo mientras le agarraba la mano, intentando captar todos sus rasgos para no perderlos jamás en el olvido. Lizard no sabía qué decir y el tiempo corría. La abrazó al no aguantar mirar por más tiempo esos ojillos. Al oído, su madre le suplicó que no se dejase vencer en el estadio, que tuviese fuerza y valor para no morir y volver a casa.
Ante el silencio de su hijo, la verdad encajó perfectamente en los pensamientos de Daisy: la mirada de serenidad de su hijo, su arrepentimiento marcado en la cara después… ¿¡Es que pensaba dejarse morir!? Se revolvió inquieta y se arrodilló ante su hijo: <¡Promételo, vamos hijo mío, hazlo, gana esos Juegos, por favor vuelve, promételo, no me dejes, promételo!>
Lizard se llevó las manos a la cabeza mientras se llevaban a su madre que gritaba como una posesa las últimas palabras que probablemente su hijo oiría de ella.
Durante el viaje al Capitolio la única persona que habló fue el último de los ganadores del Distrito 1, que estaba entusiasmado pensando en cómo sorprendería a la gente que un tributo del Distrito 1 volviese a proclamarse vencedor, a la vez que ponía verdes a los chicos del Distrito 12. Layla, a la que Lizard conocía por haber hecho algún que otro trabajo juntos, no se atrevía a hablar con él en esos momentos; aunque le retaba con la mirada a que dirigiese sus bonitos ojos hacía ella, y Lizard, sabedor de lo que la gente se había hartado de pedirle en años, la complacía a desgana. No parecía que aquella chica estuviese asustada…
Cuando Lizard despertó en aquella habitación blanca y fría no era capaz de definir qué había ocurrido exactamente. No cesaba de oír un gorgoteo cansino y constante. Sólo recordaba pruebas, pruebas y más pruebas médicas. Quienes los habían recibido habían sido médicos, y no sus preparadores. Los habían llevado a un laboratorio habilitado como hospital exclusivo para ellos y lo último que recordaba era una inyección que probablemente sería anestesia. Intentó incorporase levemente y, de repente, se encontró de pie. Se quedó paralizado y dedujo la procedencia del molesto sonido. El grifo del baño estaba goteando, pero en la sala no había ningún servicio. En ese momento entró e último ganador de su Distrito con una sonrisa en la boca y envidia en los ojos. Tras haberle exigido una explicación varias veces, aquel tipo extraño comenzó a hablar. Cuando acabó de hacerlo, Lizard casi empieza a tirar el escaso mobiliario de la aséptica estancia por la ventana. ¿Cómo habían sido capaces? ¿Por qué lo habían hecho? ¿Tenía que ser precisamente él?
El presidente Snow felicitó a su equipo médico. Todo el proyecto había salido a la perfección. Este año el Capitolio se había asegurado la victoria del Distrito 1 y una despiadada batalla final. Lo ocurrido era que se había provocado una mutación en el cuerpo de los tributos del primer Distrito, proporcionándoles oído infalible, fuerza, resistencia, velocidad, vista e instinto de supervivencia más elevados que el de cualquiera de sus adversarios. Lo que se reservaban para el final era que no lo habían echo en igual medida entre los dos. Sólo querían un único vencedor.
La rabia y la impotencia seguían fluyendo por el nuevo cuerpo de Lizard, aunque en menor medida. Seguía siendo él físicamente, pero sus genes y sus necesidades fisiológicas habían cambiado considerablemente. Se sentía morir. El Capitolio ya controlaba bastante su vida como par que encima se les ocurriese experimentar con él. Veía cómo se desvanecía su oportunidad para ser libre, porque sabía que nunca tendría el valor para quitarse la vida a sí mismo. Nada le salía bien. Cuando se encontró con su compañera de Distrito lo único que salía de su boca eran suspiros. Sin embargo ella había reaccionado de forma muy distinta. Parecía… feliz de su ventaja. En principio era lógico, pero Lizard no podía evitar enfadarse al ver su sonrisa.
<¡Que den comienzo los septuagésimo quintos Juegos del Hambre!>. Lizard recordaba esas palabras que tanto había deseado oír meses atrás, y que le perforaban los tímpanos ahora. Tomó una gran cantidad de aire antes de enfrentarse a su destino, desconocido para él como nunca antes lo había sido. -¡Tómate el tiempo que necesites, lagartija de poca monta, tenemos toda la arena para nosotros solos!
Sabía que las palabras de Layla al otro lado de la espesura de vegetación no eran más que la consecuencia de sus mutaciones, del mismo modo que lo era la reacción violenta de él ante estas. No sabía si sería capaz de controlarse y lo que menos deseaba era darle al Capitolio lo que quería. Quería morir en el fondo de su ser, pero sus nuevos sentidos desarrollados se lo impedían anteponiéndose a sus deseos. Nunca más volvería ser el mismo y eso era un añadido más a su lista de motivos para ansiar la muerte. Caminó con paso seguro hacia la que había sido la única compañera que había tenido en su Distrito, intentando encontrar una solución para que nadie más que él cayese en la arena ese día y sin nadie sufriese daños colaterales. Imposible exprimirse el cerebro. Suspiró antes de mostrase bajo la luz del ardiente sol al ver a su compañera, y adversaria al mismo tiempo, esperándolo, varios metros más adelante, con una sonrisa casual en la boca y un cuchillo en la mano. Lo único que debía hacer era intentar no defenderse de sus ataques y eso era también lo más difícil que podían haberle pedido. Se despidió de su madre con un guiño dirigido al cielo y volvió a emprender la marcha.
Ante los televisores de todo Panem todo el mundo se quedó sin respiración durante los instantes que duró la lucha. Un tributo cayó en la arena. Ese día el Distrito 1 celebraría la victoria de su tributo y lloraría la pérdida del otro. La familia Shine y la familia Smith no volverían a mirarse a los ojos nunca más.













Me gussssssssta!! ^^
Muchossssss bessssssssssos
(Bombay esssta presssioso en essstas epocas del año) jajajaja
Uy! Hay 1 pequeña errta, cuando pone:
“no estaba dispuesto a cambiar una decisión tomada con tanta antelación.
. Ésa fue la excusa que dieron los encargados de los tributos del Distrito 1″
Ahí tenía q poner la excusa, q era “Indisposición por ingerir alimentos en mal estado”
Lo siento, se me paso ^_^
¡¡¡¡¿¿¿¿Quién muere????!!!!
Hay más erratillas… Hay un “echo” del verbo hacer escrito sin H!
Pero como es la gente sacando los errores!! di que no, que está muy bien escrito y si hay algún error no pasa nada todos somos humanos, y todo se mejora con la práctica no te preocupes!! =D mucha suerte!!
Es muy bonita. Triste, pero muy bonita me encanta como escribes.
=)