– Helena Shertby – dijo con voz potente el alcalde.
Desde luego la suerte nunca había estado repartida en mi familia. Nunca nos había faltado para comer, ni habíamos tenido que trabajar, pero eso en nuestro distrito no era algo tan normal como lo podía ser en el distrito once o doce.
El alcalde cogió entonces el papelito del tributo chico e hizo una mueca de dolor.
“No puede ser” pensé al ver la mirada que me dirigió.
– Christian Shertby – dijo finalmente en un suspiro.
Nuestras pisadas hacia el escenario sonaron al alivio del resto de personas de la sala. Sabía cada uno de los pasos que tenía que seguir, por lo que no me preocupé de ir atenta a algún posible tropiezo. Oí un sollozo de fondo. Probablemente fuera nuestra madre, pero no me giré a averiguarlo. No quería emociones en ese instante. El Capitolio me había nombrado robot de matar y ese sería el rol que seguiría desde entonces.
Pero ¿cómo iba a interpretar el papel que me había impuesto? Las máquinas no tienen alma, no tienen sentimientos, no tienen ADN, no les preocupa matar a alguien de su misma serie, pero… ¿matar a tu propio hermano?
Y me olvidé de que cada momento estaba televisado, que no podía mostrar debilidad. Empecé a gritar al alcalde. En seguida se me acercaron dos guardas y me separaron, pero el alcalde les mandó parar.
– ¡Las reglas son las reglas, Helena! Sólo te diré una cosa: Sé más lista que el Capitolio… no es la primera vez que ganan dos personas…
Katniss y Peeta. Habían revolucionado Los Juegos del Hambre, eso no se podía negar. Katniss demostró saber jugar con las mismas cartas que el Capitolio, lo que le valió el ticket de regreso. Pero no sabía mi situación se vería trágica o morbosamente…
Entonces me di cuenta de que no podía dejarme ganar, no podía abandonar sin luchar. Aunque fuera difícil, aunque tuviera que devanarme los sesos, tenía que demostrar ser algo más que una simple máquina. Necesitaba una estrategia, un juego inteligente.
Cuando mi hermano llegó al escenario fui a abrazarlo, pero me evitó. En la despedida se mostró incluso más distante que yo. No sé de dónde sacaba fuerzas, ¿cuándo había madurado? No derramó una lágrima. El único instante en que nuestros ojos se cruzaron, vi tan desprovisto de color su iris verde que me asusté. ¿Estarían mis ojos igual?
La representante del distrito, Eislyn, nos llevó al Capitolio. No parecía conmovida por nuestra situación; nos advirtió con una sonrisa de que no podíamos fallar a la gente.
¡Ja! Es nuestro pueblo quien nos ha fallado a nosotros, exponiéndonos a morir.
Cuando empezaba a anochecer, me miré en el reflejo de la ventana; mi pelo negro estaba enmarañado y cuando intenté sonreír, una mueca fue lo único que conseguí. Mis ojos azules parecían idos. De repente, un montón de luces me cegaron; habíamos llegado al Gran Capitolio, un conjunto de los doce distritos al cuadrado.
La ceremonia inaugural sería esa noche. Christian y yo estuvimos toda la mañana en manos de unos especialistas que se encargaron de sacar la poca belleza que había en mí.
– ¡Necesitas pero ya un corte de pelo! Y una manicura y una pedicura… – iba diciendo mientras otras chicas empezaron a lavarme el pelo inmediatamente. – El hecho de que seáis hermanos hay que aprovecharlo, así que entraréis cogiditos de la mano, ¡como cuando sois pequeños y os van a hacer una foto!
Parecía tan emocionado que era imposible contrariarle. A mí todo esto me molestaba enormemente, pero me limité a hacer todo lo que me pedían mientras perfilaba mi estrategia. Si tenía que fingir ser una pobre víctima de una tragedia griega, lo sería.
Interpretamos perfectamente nuestro papel, exagerando nuestra historia e insistiendo en los momentos más trágicos y nostálgicos, como me había dicho Eislyn, y resultó que verdaderamente conmocionamos al Panem.
Los entrenamientos eran por separado, tal como lo había solicitado Christian. Desde que habíamos llegado al Capitolio habíamos compartido sólo unas pocas palabras verdaderas el día de nuestra llegada, cuando se acercó a mi cuarto por la noche.
Christian entró en mi habitación sin llamar, me miró con sus ojos y se sentó en la cama.
– No voy a permitir que mueras – dije nada más verle entrar.
– A veces no sé si yo soy el ingenuo o lo eres tú. A partir de ahora actuaremos como hermanos ante la gente, pero en el interior somos enemigos.
– ¿Qué estás diciendo? – pregunté, incorporándome. Mi sangre se había helado.
Pero Christian ya se iba, dando por finalizada la conversación. Sin embargo antes de salir juraría haberle oído decir: “No ganaremos los dos…”
Así que sólo fingíamos tener relación. No negaré que me dolía enormemente que me hubiera declarado guerra abierta. Era mi hermano. Pero me sobreponía escribiendo en mi diario: mi única vía de escape, mi mejor aliado…
– ¡Exacto, mi mejor aliado! – grité en medio del gimnasio de entrenamiento.
Todos se giraron extrañados, pero yo ya tenía mi estrategia. No era buena haciendo trampas, aunque sabía manejarme con las armas, pero no tenía la experiencia que poseían otros tributos o incluso mi propio hermano, quien llevaba jugando con espadas desde que tenía uso de razón. Necesitaba de algo que mantuviera a mis víctimas distraídas mientras me acercaba. Me había matado a pensarlo cuando siempre estuvo ahí: escribir. Ante un texto, te quedas parado unos instantes, decisivos para mí.
Pero no había tenido en cuenta de dónde iba a sacar papel en el lugar donde fuéramos. No podíamos llevarnos nada y al no haber enseñado mi estrategia no habría ningún cuaderno esperándome en la Cornucopia. Lo único que me quedaba era tener suerte y que en los terrenos se pudiera escribir con piedras, palos o dedos.
– Helena, Christian, es la hora. Subid a las plataformas. – nos dijo Eislyn.
El día había llegado. Comenzaban Los Juegos del Hambre.
Entramos en las plataformas que se cerraron y nos elevaron lentamente hacia la zona de Juego. Cerré los ojos, no quería mirar, pero en seguida noté que no era mi bosque deseado. Sólo teníamos sesenta segundos antes de que nos soltaran y empezaran la gran matanza. Miré a mi alrededor. Era un terreno seco, con poca vegetación pero se veían algunas montañas de arcilla para ocultarse un poco más allá de un pequeño bosque de encinas. Detrás de mí se extendía la tierra hasta donde alcanzaba la vista. Era todo tan agreste, que me derrumbé durante unos instantes. Miré la gran montaña y descubrí a apenas cinco metros de mis pies una espada demasiado buena para no arriesgarse.
Sonó el gong y corrí como en mi vida lo había hecho. Cuando fui a coger la espada, otra mano también se acercó. Pero fui más rápida y la cogí antes. Me disponía a matar a mi adversario cuando vi que era Christian. No podía dejarle desprotegido. No dudé; solté la espada y salí corriendo en dirección al bosque.
Esa noche oí diez cañonazos y miré las imágenes que se dibujaban en el cielo con el corazón en un puño. Mi hermano no estaba entre ellos. Me refugié entre un árbol y la roca de la montaña. El frío fue una tortura de la que no creí poder sobrevivir, pero pronto amaneció y con ello llegó el calor y la hora de matar; no iba a quedarme parada a ver quién moría, tenía que arriesgarme para acabar con esa tortura o morir a sus manos.
Mi plan consistía en espiar a los tributos y saber por dónde se movían. Luego me acercaría y mataría lo más rápidamente posible. Para ello necesitaba un objeto afilado, por lo que corte una rama y afilé una piedra. Esta tarea me llevó toda la mañana, hasta que conseguí tener una estaca que sirviera para clavarla en la garganta, mi zona de matar. Para probar la eficacia del arma, cacé un conejo, lo cual fue bastante más fácil de lo que esperaba. El sigilo era la clave.
Justo cuando acabé de comer el conejo, oí ruidos cercanos. Perfecto, esa sería mi primera víctima. Si no tenía que recurrir a la escritura sería mejor, ahora todo dependía de cómo se me pusiese mi víctima.
Se acercó a donde yo estaba y vio el fuego apagado con prisas. Lo reconocí, era un tributo del distrito uno, muy bueno a distancias cortas. Pero estaba de espaldas y su hermoso cuello quedaba a apenas un metro de mi escondite.
“Ahora o nunca” – fue lo único que se cruzó por mi mente.
Le clavé la estaca en la garganta y empezó a desangrarse. Sentí una adrenalina muy preocupante en mi interior pero en ese momento estaba eufórica. Por primera vez me sentí con las fuerzas para ganar Los Juegos del Hambre.
A partir de entonces maté a dos más antes de recurrir a la táctica de la escritura. La primera vez que la utilicé fue cuando, subida a una roca, vislumbré a una niña del distrito diez de apenas trece años acercarse a una zona con barro de unas lluvias de la noche anterior. No sabía si funcionaría, pero cogí mi preciada estaca y escribí en el barro lo que sentí el día de la elección de tributos.
“Todo el mundo se calló. Me quedé sola ante ti, oh peligro, ¿por qué te empeñas en acosarme? Me dormiré en tus brazos y acunaré tus advertencias. No quiero que pases encima de mí. No mires detrás… ve hacia delante.”
Tras clavarle la estaca, vi lágrimas en sus ojos. Eso me descolocó tanto que tardé más de lo normal en salir corriendo. Esa noche no dormí y lloré lo más silenciosamente que pude. Estaba matando. Cuatro personas habían caído ante mí y otras cinco más entre el resto de los tributos. Quedábamos cinco. Christian aún no había muerto y me aliviaba pero a la vez pensar en tener que matarnos el uno al otro al final me aniquilaba el alma. Me dormí rápidamente, para olvidar las múltiples heridas físicas y psicológicas que me estaba causando la matanza.
Los días siguientes no me moví más que para cazar y volver a mi refugio. Apenas dormía y si lo hacía, soñaba con mis manos ensangrentadas con la sangre de mi hermano y él con lágrimas desvaneciéndose ante mí. Murieron dos personas más durante mi estado de depresión. Ya sí que no quería salir, no quería morir ni matar a mi hermano. Y no habían dicho nada de poder ganar los dos tributos de un distrito, y ya no lo dirían, estaba segura. Lo habían visto todo morbosamente, como me temía.
Una mañana, al despertarme, noté un paño a mi lado. Me sobresalté pero sólo era un regalo…
¡Un regalo! ¿Tenía algún patrocinador después del poco juego que había dado en esos últimos días? Lo abrí y encontré un bloc de notas y un lápiz. Eso me abrió los ojos: ya sabía qué tenía que hacer. Y no podía ser cobarde.
Mientras mascaba algunas hierbas para desayunar, comencé a pensar cómo ejecutar mi plan mientras escribía en mi nuevo cuaderno. Estaba absorta en mis reflexiones y tras los días de total aislamiento, mis sentidos estaban desconectados, por lo que no me di cuenta de que alguien se acercaba hasta que noté un escozor en mi brazo derecho, provocado por el corte de una espada.
Al darme la vuelta me asusté y grité. Olvidé mi valentía y propósitos. Me acobardé ante la gran figura de ese chico. Era mi fin. Al menos no tendría que ejecutar el plan…pero una espada le atravesó antes de que pudiera clavármela a mí. Mis ojos, anegados en lágrimas, trataron de visualizar la figura de mi hermano que me miró con furia.
– ¿Ahora sales de tu refugio? ¿Voy un momento tras un árbol y te dejas asesinar?
– ¿Cómo que si ahora salgo de mi refugio? – fue lo único que pude articular.
– Se podría decir… que he estado vigilando la zona. – comentó como si tal cosa.
– Pero… sólo quedamos tú y yo. – le contesté, ignorando lo fuerte que me habían calado sus palabras. – Y no han dicho nada de permitir ganar a dos. Este es el fin y lo sabes ¿no?
Christian no contestó. Cogí mi bloc de notas y el lápiz y se lo tiré a sus pies.
– ¡No lo abras! – le grité al verle agacharse. – Aún no.
Christian me miró enarcando una ceja, pero sé que él no sabía lo que yo iba a hacer. Me veía demasiado cobarde como para planteármelo siquiera. Cogí mi estaca que llevaba colgada del cinturón y me la puse detrás de la espalda. Me acerqué a él lentamente, fingiendo que no pasaba nada. Le pedí un abrazo y él, anonadado, me lo dio, sin esperarse lo que haría a continuación. Tras unos instantes en que le intenté traspasar todo mi amor a través de mis brazos, cogí la estaca con fuerza y sin detenerme la clavé en lo más profundo de mi garganta. La punta estaba recién afilada de esa misma mañana. Mis manos se mancharon con mi propia sangre y empecé a marearme. En pocos instantes caería muerta, como todos los demás.
– Lee el cuaderno – musité con un hilo de voz, antes de que la oscuridad se cerniera sobre mis ojos y mi corazón dejara de latir.
El día pasó demasiado rápido. Millares de periódicos se vendieron anunciando el sacrificio. En la televisión sólo repetían una y otra vez el momento. Christian Shertby viendo morir a su hermana, Christian Shertby intentando reanimarla y pidiendo ayuda, las lágrimas de Christian Shertby, el momento en que Helena Shertby se clavó la estaca durante el abrazo. Pero, sin duda, lo que había conmocionado a la gente había sido el texto de despedida de Helena, que su hermano leyó entre lágrimas primero silenciosamente y luego al resto del Panem.
“No sé qué decirte, mundo. ¿Es esto evolución e inteligencia? ¿Existe la libertad o es sólo un concepto intangible? La muerte sólo genera más muerte. Las guerras desembocan en más guerras, quizás más individuales, más pequeñas pero tan dolorosas de vivir… He sentido la muerte en mis manos, me he revolcado en el gozo del poder y ahora es tal mi arrepentimiento que prefiero manchar mis manos con mi sangre que con la de otra persona, y más siendo la de mi hermano.
Hoy le he preguntado a mi corazón si deseaba dejar de latir. Me ha suplicado que no lo hiciera. Le he sonreído y le he contestado que ya estaba muerto, que su vida se la había llevado el corazón al que hice pararse.
No sé si habrá cielo o infierno más allá. No sé si el dolor que siento en mi interior es un castigo prematuro por todos mis pecados. No sé nada de la vida ni de la muerte y, sin embargo, me he atrevido a jugar con ellos a mi antojo…Y ya es hora de partir.”