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Texto 3

HIEDRA
- Me da igual vivir que morir.
La sinceridad asustaba al Capitolio, por eso mis palabras, cargadas de verdad, causaron un efecto devastador. El auditorio enteró estalló en murmullos ante mis declaraciones. El resto de tributos se asomaron tratando de vislumbrar en mí un ápice de inseguridad que les indicase que aquello era una estrategia y Cort, a mi lado continuó impasible, contemplando a los representantes del gobierno sin si quiera mirarme. Al fin y al cabo ¿Qué más podía esperarse de una sirvienta a parte de un gesto de rebeldía?
De forma automática me froté la muñeca en donde estaba el tatuaje que me habían terminado antes de irme. Mi condición, mi esclavitud, estaba marcada por una enredadera que daba seis vueltas a mi antebrazo, seis, el mismo número de años que llevaba sirviendo en aquella casa y que incluso lejos como estaba, era prisión.
- Me da igual vivir que morir.
Esta vez lo susurré, convenciéndome de que aquello era lo mejor que podía ocurrirme. Volví a sentir el dolor de la aguja al punzar mi piel, mientras de la boca de cada espectador surgía un nombre.
- ¡Hiedra! ¡Hiedra!
“Ebba, Ebba” les corregía mentalmente. Levanté la cabeza y con la mano me aparté un par de mechones rebeldes que me caían sobre la frente justo en el momento en el que las cámaras me enfocaban. Mi mirada lo decía todo, me daba igual el capitolio, me daban igual las puntuaciones y la competición, pero a ningún espectador parecía disgustarle aquello. El único que parecía descontento era mi compañero que se aferraba a su asiento, enfurecido ya que en su entrevista había quedado como el patán que era.
- Ebba ¿O debería llamarte Hiedra? Les has hecho enloquecer- dijo Caesar Flickerman cumpliendo con su labor de presentador y haciendo que la masa jalease aun más.
“Pues no lo pretendo” pensé. Mi turno acabó y los tributos del distrito 2 tomaron la palabra. Ni si quiera les escuche, ni a ellos ni a los veinte restantes, sencillamente me encerré en mi misma hasta que nos indicaron que ya podíamos regresar a las habitaciones. Abandoné el escenario con paso decidido pero lento, dejando atrás los últimos gritos del auditorio, entre los que pude escuchar claramente mi nuevo nombre.
Alcancé el ascensor que nos llevaba a nuestro piso, segundos antes que Cort, pero no fui lo suficientemente rápida y logró cerrarme el paso.
- ¿De qué iba todo eso?
- ¿De qué iba el que?- me zafé.
- ¿Es lo que te ha dicho Teodora que hagas? ¿Interpretas a la sirvienta desvalida? No voy a permitir que nadie como tú me robe el protagonismo.
Escupió al suelo, apuntando a mis pies que por suerte se desplazaron deprisa. Luego me señaló con el dedo índice, consiguiendo que me sintiese intimidada a pesar de su rostro angelical y comenzó a pronunciar maldiciones una tras otra hasta que se le acabó el repertorio. Con la voz temblorosa y las piernas de gelatina traté de responderle lo más claramente posible, sin titubear.
- Creo que no lo has entendido. Yo no estoy jugando, ni compitiendo. Sois veintitrés tributos y lo que he dicho ahí arriba es cierto.
- Mientes- dijo separándose de mí, como si tuviese alguna enfermedad contagiosa.
- ¿Quieres que te lo repita? Valoro mi vida tanto como la tuya ¿Ves esto?- hice una pausa y le señalé el tatuaje- ¿Lo ves? Pues es lo que me espera si salgo viva de aquí, así que no tengo nada que perder. Seguiré siendo una esclava tanto con gloria como sin ella, así que deja de verme como una rival. Puedes amenazarme si quieres, pero solo vas a malgastar tiempo y esfuerzo.
Me di la vuelta y me monté en el ascensor sin esperar a que Cort me acompañase. Su cara había adquirido un tono rojizo, sin embargo, en lugar de golpear la pared o gritar como hacía cada vez que las cosas no eran de su gusto, se quedó allí mirándome con una cara que a duras penas pude describir y con sus ojos perdidos en algún punto de mi cabeza. Pulsé el botón 1 antes de que el recuperase la movilidad y le dejé allí. Una vez que las puertas se cerraron y empecé a ascender, la calma regresó.
Cuando llegué a nuestro piso las luces estaban apagadas, no había nadie y la noche había llegado al Capitolio. Supuse que Teodora estaría repasando las estrategias y buscando patrocinadores junto a Marcus. Del resto del equipo solo sabía que permanecerían trabajando hasta la mañana siguiente.
Haciéndome eco de la soledad, pero sin encender la luz me metí directamente en mi cuarto, cerrando la puerta tras de mí. A penas me había tirado sobre la cama cuando un ruido a mi izquierda hizo que me pusiese en pie de un salto y me acercase a la lámpara de la mesilla de noche. Pulsé el interruptor con desesperación, deseando que el ruido que había escuchado y que se repetía cada vez más cerca cesase o fuese producto de mi imaginación y del cansancio.
- Vaya, vaya, parece que tienes éxito muchacha. Quién hubiese dicho que alguien de tu calaña pudiese llegar tan lejos ¿Verdad?
Su voz sonaba monótona pero tan fría y dura que dolía escucharla. La reconocí al segundo y cuando la luz iluminó el cuarto, Ahren estaba ante mí y solo nos separaban un par de baldosas. Un pinchazo agudo me azotó el estómago y luego subió hasta la cabeza. Caí al suelo presa del pánico, arrastrándome con manos y pies hasta que mi espalda topó con la pared. Mi dueño me observaba complacido ante el terror que me inspiraba su presencia, pero las amenazas nunca le habían parecido suficientes y con un par de zancadas se acercó hasta donde yo estaba. Me agarró del cuelo y me elevó hasta su altura.
- Veo que recibiste mi regalo de despedida- dijo al ver mis muñecas desnudas.- Bonito ¿Verdad? Y si logras volver empezaremos con la séptima vuelta.
No pude responderle. La presión que sus dedos ejercían sobre mi garganta no permitía que el aire me entrase en los pulmones. Con mis manos, arañé y golpee las suyas, pero solo conseguí que apretase más fuerte.
- Vengo a asegurarme de que nuestro pequeño secreto no haya salido a la luz. Ahora que eres más popular gozas de credibilidad entre los líderes del Capitolio y no puedo consentirlo.
- No…no he dicho…nada- balbuceé mientras sus dedos me ahogaban más y más.
- Aún no y espero que sigas así pero ¿Y después? Nadie puede enterarse de nuestra pequeña rebelión.
- Seguiré callada- juré
- Claro que sí, porque estarás en el punto de mira. Los adolescentes sois tan sugestionables… fama y fortuna y hacéis lo que se os pida- se acercó hasta mi mejilla y la lamió.- Me gustaba verte en casa pero ¿Quién más echaría de menos a una sirvienta?
- No puedes matarme ahora.
- No voy a mancharme las manos con tu sangre teniendo a veinte tributos que lo hacen por mí y con más eficacia si se les pone dinero delante.
Tenía la visión nublada y boqueaba para que el aire me entrase sin éxito. Mis párpados cedieron en el momento en el que la puerta de mi habitación se abrió y Cort entró por ella vociferando e intentando continuar con la conversación que yo había dejado a medias en el ascensor. No fui capaz de escuchar lo que decía, solo sé que de repente la presión desapareció y que yo me quedé inconsciente.
Desperté a las siete de la tarde del día siguiente y al irrumpir en el salón con un mareo considerable, ocho miradas inquisitivas me interrogaban. Tenía que explicar muchas cosas pero no me encontraba bien y en el momento en el que iba a saludarles una voz familiar se escuchó en el televisor. Las calificaciones individuales estaban a punto de salir a la luz.
- No… no. Me he perdido las pruebas- me froté la cara con desesperación.- ¡¿Por qué no me despertasteis?!
A pesar de los reproches, nadie me respondió y todos dejaron de mirarme para centrar su atención en el televisor. No tenía mucho que aportar por lo que las calificaciones tampoco me ayudarían pero gracias a los entrenamientos había aprendido lo básico y al menos podría haber llegado al cinco. Sin embargo, el no haber participado ¿En qué lugar me dejaba? ¿Moriría la primera o me dejarían para el final? ¿Me pasaría varias semanas angustiada esperando a que se diesen cuenta de que yo, la sirvienta seguía viva? Agité la cabeza de un lado a otro y me senté en el sofá junto a Cort que parecía orgulloso.
- Distrito 1- dijo Caesar y la foto de Cort apareció en la pantalla junto con el número nueve.
Yo era la siguiente. Avergonzada cerré los ojos para no ver mi resultado, esperando que Teodora y Marcus se pusieran a gritarme por lo que había pasado.
- ¡Oh Dios mío! ¡Eso es imposible!- fue la primera reacción que me hizo estremecer.
- ¡No! ¡Ella no lo…!- Cort dejó la frase sin terminar.
Abrí un ojo, luego el otro y frente a mi foto surgió un impresionante número doce en forma de enredadera. La calificación hizo que se desatara el caos tanto en el salón como en las calles en donde pude oír mi nombre coreado.
- ¡Teodora!- grité con pánico.- ¡No puede ser! ¡Yo no he participado! Hay que hablar con ellos ¡No tengo un doce! ¡Ni si quiera tengo un cinco! Acabaran conmigo nada más empezar.
Me mareé pero no pude moverme. Teodora se marchó segundos antes de que Caesar diese los resultados del distrito 2. La punzada del estómago volvió a sacudirme y salí a la terraza con la esperanza de que el aire fresco ayudase a que me despejara. No volví al interior ni si quiera cuando Teodora regresó con la información.
- Hay un problema. Nadie justifica esa puntuación pero no van a cambiarla. Tenemos que reorganizarlo todo.
“Nadie lo justifica” pensé “No van a cambiarla”, mastiqué cada palabra de aquella frase hasta que ordené las piezas que no encajaban en el puzle “Fama y fortuna” me dije a mí misma y por fin lo comprendí. Ahren no solo había sobornado a los tributos, sino que había conseguido convertirme en una diana. Era peligrosa tanto en mi distrito como en los juegos y no podían dejarme vivir.
Cort salió a la terraza cuando Teodora procuraba mantener la calma y Marcus celebraba los resultados. No parecía disgustado, solo indiferente. Como si supiese algo que yo ignoraba y aquella situación le pareciese de lo más normal. Yo no podía menos que sentirme culpable.
- Cort, lo siento.
- ¿Acaso tienes tú la culpa?- levanté los hombros.- ¿Quién era ese tío?
- Nadie
- Pues Nadie te ha dejado unas marcas muy feas en el cuello. Por suerte la voz no se ha corrido demasiado, si no, serías una leyenda.
Se apoyó en la barandilla con los codos y dejó caer la cabeza hacia atrás. De nuevo reparé en que no parecía desanimado a pesar de que todo su potencial se había visto eclipsado por una sombra, por mí.
- Cort, necesito que me ayudes.
No me contestó, solo se mantuvo en la misma postura y después afirmó levemente. De repente adquirí una nueva perspectiva de mi vida.
Durante los días siguientes me entrené al límite y finalmente vestidos con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, Cort y yo nos situamos en las compuertas de salida del distrito 1. Yo esperando un final para el que no estaba preparada y que intentaría evitar a toda costa, él buscando la gloria. Había decidido confiar en él, contándole quien era Ahren y lo que pensaba hacer con el Capitolio. Por eso ya no seguía las instrucciones de Teodora, solo buscaba protegerme de los veinte tributos que suponían una amenaza para mí.
- Espero que lo que digas sea cierto, sirvienta- dijo Cort creo que por tratar de relajarse ya que estaba incluso más nervioso que yo.
- Deja de dudar de mí. Si esto no sale bien puedes despedirte de los distritos, al menos del 10, 11 y 12.
- Menos rivales.
Mire de nuevo a mi compañero con la esperanza de percibir una pizca de compasión o de esperanza y al reparar en él, bueno, al reparar en su cuello vi un trozo de enredadera como la que yo llevaba alrededor de todo el brazo. Hasta ese momento no había entendido el motivo que e ocultaba detrás de esa repentina amabilidad ¿Estrategia quizás? Si, la mejor estrategia para acabar conmigo y por si se olvidaba de su labor, una marca para que supiese que le estaban vigilando. En ese momento mi cuerpo comenzó a convulsionarse de los nervios. Me había quedado sola, justo en el momento en que la plataforma ascendía, dejándome ver una especie de selva plagada de árboles que debían convertirse en mi refugio.
- En cuanto esto empiece tú corre. Yo te cubriré la retaguardia y cuando salgamos del primer enfrentamiento cada uno por su lado. Coge lo que puedas para sobrevivir, busca un sitio seguro y luego trataré de encontrarte.
- Suerte Cort- le dije tratando de aparentar normalidad y fingiendo no haber visto la marca de su cuello que debía ser idéntica a de los otros diecinueve tributos que también me buscarían.
Una idea surcó mi mente, no tenía tiempo. Diez segundos, tres tributos sin marcar, siete segundos, tres tributos que no han sido sobornados, cinco segundos, tengo que encontrarlos. Tres segundos, es mi única posibilidad. Un segundo.
- Que comiencen los juegos del hambre- la voz de Caesar se apagó y yo salí corriendo, sabiendo que Cort me seguiría de cerca.

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