Me he levantado con un mal presentimiento. Desde el momento en el que, después de haber saltado de la cama y haber mordisqueado las tortitas que el robot doméstico me había preparado, aún en pijama he comenzado a juguetear con las ventanas que ampliaban y reducían los distintos puntos del Capitolio que se ven desde mi habitación, he tenido una sensación desagradable. En apariencia, todo parece estar preparado para un Día de la Cosecha más, tal y como lo recuerdo desde que era pequeña. Evidentemente no estoy preocupada como deben estarlo los chicos de los distritos que pueden ser elegidos para acabar en la arena, pero tengo la desapacible sensación de que algo va a salir mal. Nunca me ha gustado todo lo que representan Los Juegos del Hambre, pero este año me gustan aún menos.

Nunca ha habido tributos de aquí, del Capitolio. Por supuesto que en el centro neurálgico de Panem también viven adolescentes, los hijos de la jerarquía económica y política del país nacen y se educan aquí para ser los próximos dirigentes del estado, pero el Tratado de la Traición no dice nada acerca de castigarnos también a nosotros; ¿qué sentido tendría? Al fin y al cabo son nuestros padres los que gobiernan y los que ponen las normas. Ni siquiera se nos acepta como voluntarios, a pesar de que en los distritos 1 y 2, con los que tenemos bastante relación, es algo bastante frecuente en los hijos de las familias más influyentes. En los distritos pobres, se crece con el temor de ser elegido para Los Juegos del Hambre porque es casi siempre una condena a muerte; y en los distritos ricos, se cuenta con ello como una posible carrera hacia la gloria. Pero en el Capitolio, directamente, no es ni siquiera una posibilidad.

“Cassandra, vístete” Mi madre acaba de irrumpir en mi habitación, y eso es algo bastante raro a estas horas de la mañana del Día de la Cosecha, cuando debería estar trabajando. Mi madre es jefa de producción en la televisión oficial del Capitolio, y hoy casi todo el mundo en el Capitolio está ocupado; Los Juegos del Hambre mueven un complicado engranaje propagandístico en el que todos, incluso los trabajadores de las altas esferas, tienen un puesto, del primero al último, y, como demostración de poder del Capitolio, merecen la atención completa de todos los medios de comunicación.

En el instituto estudiamos como funciona fuera de aquí el Día de la Cosecha casi como algo anecdótico; de no ser por los video-resúmenes que nos han puesto en las clases de la señorita Larson de Historia de Panem, apenas sabría lo que estaba sucediendo realmente en ese momento en los distintos distritos. Todos sospechamos que el Capitolio realmente no aprobaría algunos de los métodos de la señorita Larson y su tendencia a congraciarse con el sufrimiento de los distritos, pero, misteriosamente, ha conseguido mantener su puesto. Aquí La Cosecha no es un día realmente festivo, no estamos obligados a acudir a fichar a las plazas, no tenemos que aguantar el sermón del Tratado de la Traición ni siquiera a través de las pantallas: Los Juegos del Hambre fueron hechos para castigar a los distritos; y que nosotros no tengamos clase, se debe sobre todo a que los profesores, como casi todos los adultos, están demasiado ocupados con otras labores que realizan directamente para el Capitolio como para darnos clase. Por eso me extraña tanto que mi madre aparezca así de pronto en casa a media mañana.

Tiene el traje de chaqueta arrugado, y el pelo, tan rojizo como el mío, le cae sobre la cara mal recogido, algo verdaderamente impropio en ella. Se sienta sobre la cama, sin hacer ninguna apreciación acerca de que aún esté sin hacer –algo todavía más impropio en ella-, y comienza a hablarme muy despacio, mirando hacia ninguna parte. “Creo que ha llegado el momento de decírtelo. No voy a dar rodeos. Tu nombre está 5 veces en la urna del distrito 3”.- “¡¿Qué?!” Cuando me lo ha dicho he sentido tal nudo en la garganta que no sé si el monosílabo ahogado que he emitido ha sonado en tono burlón o por el contrario ha reflejado el pánico que me ha atravesado con la remota posibilidad de que sea cierto lo que está diciendo. “Has nacido en el Capitolio, eso ya lo sabes, y en principio eso te deja fuera de los efectos del Tratado de la Traición. No obstante, tu padre procede del Distrito 3, y cuando cumpliste 12 años, intentaron censarte para Los Juegos del Hambre. He estado desde entonces presentando informes y alegaciones que te desvinculen de él; he argumentado mil veces que ni siquiera llegaste a conocerlo, pero finalmente las resoluciones han sido negativas y este año han decidido incluir tu nombre tantas veces como hubiera correspondido si vivieras en el distrito.”

Mi padre. El distrito 3. No le conozco, ni siquiera sé si sigue vivo ni si recuerda que existo, y no he estado nunca en el lugar del que él procede. Sólo sé que es el distrito de las fábricas y que mi madre pasó una larga temporada allí hace 17 años y que se enamoró de un hombre con los ojos verdes como los míos. Ella era muy joven pero ya trabajaba como periodista, y la mandaron a cubrir las rebeliones de obreros; o más bien, a mostrarle al resto de Panem como el Capitolio aplastaba con mano férrea cualquier intento de sublevación y de oposición a sus normas establecidas. No es habitual que alguien del Capitolio se relacione con nadie que no sea del distrito 1, o a lo sumo, de las mejores familias del 2. Mis abuelos pusieron el grito en el cielo cuando supieron que yo estaba de camino y que mi padre era uno de los revolucionarios más conflictivos, pero parecieron tranquilizarse cuando mi madre tomó la decisión de criarme junto a ellos en el Capitolio.

-Sólo son 5 papeletas cariño”. Añade con un hilo de voz. “Habrá miles de chicos que tengan decenas, ellos las cambian por teselas, ¿recuerdas? Las posibilidades son remotas, pero pensé que tenías derecho a saberlo”. No podía creerlo. ¿Derecho a saberlo? Realmente me cuesta creer que a ella le hayan dado la noticia esta misma mañana. De hecho, sé que ha habido disturbios en el distrito 3 últimamente y que el Capitolio ha anunciado que va a tomar medidas “ejemplares” contra los cabecillas de las revueltas. Al Capitolio a veces hasta la muerte le parece poco. Podría ser que… ¿Y si mi padre era de nuevo uno de ellos? ¿Y si el castigo ejemplar era precisamente enviarme a mí a Los Juegos del Hambre?

¿Qué pasaría si era elegida? Desde luego no podía contar con tener ni el más mínimo favor por parte del distrito al que representaría. Seguramente muchos se sentirían aliviados de saber que, al menos uno de sus tributos, era alguien a quien no habían visto crecer, a cuyos padres no se cruzarían cada mañana en la entrada a las fábricas sin saber si sería la última conversación sin dar un pésame. En el fondo seguramente se alegrarían de saber que no existía la posibilidad de que dos amigos –o incluso una pareja de enamorados como había pasado un año en el distrito 12- tuvieran que enfrentarse a la decisión de matarse entre sí; y tendrían que reunir recursos y patrocinadores para un único tributo, pues nadie iba a apostar por ella desde el distrito 3, y más sabiendo que se había criado en el mismísimo Capitolio. No sé qué percepción tienen en los distritos de quienes vivimos en el Capitolio, pero puedo hacerme una ligera idea.

[…]

Sintonizo en la pantalla la retransmisión del sorteo del distrito 3 y me fijo en su alcalde por primera vez en la vida; miro a ese tipo calvo de nariz aguileña y voz estridente y pienso que no le conozco, lo mismo que tampoco sé quién gobierna en los demás distritos. Me doy cuenta de que en el Capitolio no nos solemos preocupar mucho de esas cosas. Yo tampoco lo habría hecho hasta ahora. Es probable que ninguno de mis compañeros de clase esté viendo la elección de los tributos; como mucho aquí se presta atención a los tributos de los distritos 1 y 2.

Estoy sola en casa porque mi madre está trabajando en la televisión; supongo que podría haberse escaqueado para pasar este trago conmigo o haberme llevado con ella, pero a su manera, creo que dejarme sola ha sido una forma de decirme que no pasa nada. Durante unos segundos sopeso la posibilidad de que me haya instado a quedarme en casa porque sean órdenes del Capitolio; de hecho, todos los tributos censados y elegibles de cada distrito tienen que estar localizados en sus correspondientes plazas, como animales encerrados en un redil esperando a que elijan a cuáles conducir al matadero. Y si mi nombre está en una de las urnas, es lógico que el Capitolio quiera tener controlado dónde estoy.

También observo las caras de los chicos y chicas que esperan el resultado del sorteo en el distrito 3: una de ellas debería librarme de tener que matar, y seguramente morir, sobre la arena de los juegos. Siempre eligen primero a la chica pero según la representante del Capitolio hay algún problema con la urna de cristal que contiene sus nombres y empiezan por los chicos. Tiene unos bonitos ojos azules el tal Pernan Romane que han elegido. Estoy pensando en él y en su familia –las cámaras han enfocado a 3 chiquillos pequeños que seguramente son los culpables de las teselas que van a traer a Pernan derecho al Capitolio-, y esos tres pares de ojos llorosos son lo último que recuerdo casi antes de oír al alcalde pronunciar con su desagradable voz “Cassandra Midot” y caer desmayada.

[…]

Nadie ha entendido mi decisión de los últimos días. Ni Xanetia, mi estilista que no ha comprendido mi insistencia en pedir un vestuario parecido a los uniformes impuestos por el Capitolio que llevan los trabajadores empleados en los barcos, las minas, los huertos o las industrias de los distintos distritos, ni su ayudante Volga, ni Bruxo Moroc, el corpulento tributo treintañero del distrito 3, que en su día fuera ganador de Los Juegos, y que debe ocuparse de mí y de Pernan durante nuestra preparación. Él parece ser el menos preocupado de todos. Está claro que desde un primer momento decidió centrar su atención en definir y mejorar la estrategia de Pernan y dejarme de lado. Pernan es fuerte y seguramente hayan estado entrenando habilidades físicas y sea eso lo que hayan presentado a los vigilantes.

En realidad no culpo a Bruxo, no tiene ni idea de quién soy ni tengo muy claro que haya entendido por qué soy tributo del distrito 3, creo que sencillamente, ha admitido con pasmosa normalidad que sólo tiene un tributo del que ocuparse. Yo tampoco se lo he puesto nada fácil, pero ha sido su indiferencia la que ha acabado por perfilar mi estrategia. No he querido entrenarme, ni sola, ni con Pernan, ni con los demás tributos. Si lo hubiese pedido, es posible que incluso hubiera podido acercarme a los tributos profesionales de los distritos 1 y 2, que me habrían aceptado sin demasiados recelos, pero he preferido prepararme sola. Bueno, sola y con la señorita Larson.

Creo que es la primera vez que un tributo pide a su profesor de Historia de Panem para prepararse para los juegos. Realmente, ni siquiera sabía hasta ese momento si en los demás distritos se estudiaba o no Historia de Panem. Por eso la hice llamar. Podía haberme dedicado a mejorar ligeramente mis condiciones físicas, pero poco podía hacer en un período tan corto. Confiaba en que la buena alimentación –que a juzgar por la apariencia casi famélica de varios de los tributos me colocaba con ventaja sobre al menos la mitad de ellos-, el ejercicio físico regular y las nociones básicas de supervivencia que aprendíamos en el instituto me sirvieran sobre la imprevisible arena. Con respecto a eso, no podía hacer más. Sin embargo, sí que podía aprender mucho de Panem y de todos los distritos, sobre todo del 3. Y de mi padre. Había decidido que si había de morir por algo, al menos debía de saber qué es lo que era.

¿Por qué se habían rebelado una y otra vez los trabajadores del distrito 3? ¿Por qué mi padre había arriesgado tanto después de saber cómo acabaron los Tiempos Oscuros? Mi madre apenas me hablaba de la temporada que pasó allí, pero siempre he percibido que era algo muy fuerte lo que la unió a mi padre, que si algo la había enamorado eran sus ganas de cambiar las cosas y su capacidad infinita de entrega y lucha, y sabía que no reprobaría mi estrategia. Si los obreros de las fábricas conseguían ver en mí la llama encendida de sus motines en lugar del castigo impuesto por el Capitolio quizá me apoyaran y me dieran su ayuda y su patrocinio; al fin y al cabo, no era el 1 ni el 2 pero no era un distrito de los más humildes. Y si todo Panem me viera como adalid de la revolución contra el poder, quizá tuviera alguna oportunidad de atraer nuevos apoyos.

Hacer enfadar al Capitolio para ganarme el favor de sus oprimidos no parecía a priori una buena idea, pero era la única que tenía justo antes de saltar a la Arena. No hay nada que una más a la gente que un enemigo común: Y yo quería dejar claro a todo Panem que el Capitolio era el nuestro.