Cuando el representante lee el nombre que ha salido en el sorteo y pronuncia el mío, sé que voy a morir.
No guardo ni una sola esperanza. Además, no sólo sé que moriré, sino que también sé de antemano que moriré durante los primeros dos o tres minutos a partir de que empiecen los Juegos de Hambre. Es probable que sea la primera en caer, a lo sumo la segunda. Supongo que quedar en ese segundo lugar ya sería todo un logro y debería sentirme orgullosa por ello.
Así que cuando me conducen hasta el salón y entran mis padres, acompañados por mis hermanos mayores, todos se despiden de mí definitivamente. Aseguran que me quieren y lloran. Yo les limpio las lágrimas e intento sonreír. Todavía me siento demasiado confundida como para aceptar realmente la situación en la que me encuentro, así que aprovecho la desorientación para mantenerme serena y fuerte.
—No pasa nada, no os preocupéis por mí ─les digo─. Algún día todo esto cambiará, el Capitolio caerá y los Juegos del Hambre sólo existirán en el recuerdo.
Uno de mis hermanos, Mike, acoge entre sus manos mi rostro y me besa la frente despacio.
─Adiós, mi querida Lye.
Entonces se me encoge el corazón. Si al menos pudiese ver algo, si al menos no me hubiese quedado ciega tras la explosión de aquel componente químico cuando tenía quince años… quizá, sólo quizá, tendría alguna posibilidad.